Mientras Donald Trump amenaza con "controlar" la isla estratégica por las buenas o por las malas, el pueblo Inuit resiste. Un análisis sobre el saqueo de recursos y el desprecio por la libre determinación en el extremo norte.
Resistencia en el hielo: Los habitantes de Nuuk rechazan la pretensión de Washington de convertir a Groenlandia en un protectorado estadounidense.
enorsaionline@gmail.com // Martes 13 de enero de 2026 | 12:31
La retórica de Donald Trump ha vuelto a poner la mira en un territorio que el mapa del capital considera una "oportunidad de negocio" más que una nación: Groenlandia. Bajo la premisa de que Estados Unidos debe controlar las rutas marítimas del Ártico, el líder republicano ha desatado una ola de indignación en el pueblo Inuit, que ve en estas amenazas una reedición del colonialismo más rancio. En enorsai.com.ar, analizamos cómo la lógica del "Gran Garrote" intenta asfixiar la autonomía de un pueblo que lleva décadas luchando por su independencia total.
No se trata de un capricho inmobiliario, sino de una estrategia de control geopolítico y extractivista. Con el acelerado derretimiento de los hielos producto del cambio climático, Groenlandia se ha convertido en el epicentro de nuevas rutas comerciales que China y Rusia ya están utilizando. Trump, fiel a su doctrina neoliberal, busca cerrar el paso a sus competidores convirtiendo a la isla en una base de operaciones bajo control directo de Washington.
Según testimonios recogidos en la capital, Nuuk, los locales están "hartos" de la presencia de periodistas y enviados internacionales que solo ven en ellos un peón del tablero global. "La gente está enojada; no quieren cambiar de dueño, quieren ser independientes", relatan quienes viven el día a día en el frío extremo. Esta pretensión de compra es una afrenta directa a los 15 años de proceso autonómico que Groenlandia viene sosteniendo frente a Dinamarca.
La terminología no es menor en esta disputa. El uso del término "esquimal", frecuentemente utilizado por la prensa conservadora, es considerado un insulto por la población originaria. Los Inuit reivindican su identidad y su cultura como el único título de propiedad válido sobre la tierra. Para ellos, la irrupción de Trump no es más que otra capa de opresión cultural que se suma a la larga historia de abusos cometidos por las potencias europeas.
Para entender la desconfianza local, es necesario recordar que Groenlandia ya ha sido escenario de aberrantes violaciones a los derechos humanos. Dinamarca, bajo un velo de "protectorado", implementó durante años políticas de ingeniería social que incluyeron la anticoncepción forzada en mujeres Inuit para controlar la natalidad. Este pasado de humillación hace que cualquier intento de tutela externa sea recibido con una resistencia feroz.
Este tipo de políticas de control poblacional y desprecio por la soberanía nos recuerdan a los análisis de investigadores como Alconada Mon, que suelen desentrañar las tramas de poder que operan por encima de las instituciones democráticas. En el caso de Groenlandia, el "libre mercado" que pregona Trump no es más que la libertad de saqueo sobre un territorio estratégico.
Resulta paradójico que el mismo sector político que niega el calentamiento global sea el que busca lucrar con sus consecuencias. El deshielo no solo abre rutas marítimas, sino que facilita el acceso a minerales críticos y recursos pesqueros. Mientras el mundo se encamina a una crisis ambiental sin precedentes, el equipo económico de Trump ve en la tragedia ecológica una oportunidad para consolidar su hegemonía militar y comercial.
Como advertimos sistemáticamente desde esta redacción, este modelo de "motosierra" sobre la soberanía de los pueblos es el mismo que intentan aplicar en diversas latitudes del sur global. La defensa de Groenlandia es, en última instancia, la defensa de un mundo donde el poder económico no pueda comprar la dignidad de quienes habitan el suelo.