El filósofo Juan José Giani analiza la metamorfosis del gobierno de Javier Milei: del "fascismo" imaginario a la construcción de consensos con el sistema. Un llamado a entonar "nuevas canciones" para enfrentar un escenario que ya no es disruptivo, sino institucional.
Para Juan José Giani, el abandono de la agenda disruptiva por parte de Milei obliga a la oposición a construir un programa transformador pero creíble.
enorsaionline@gmail.com // Sábado 14 de febrero de 2026 | 20:09
En una reflexión profunda enviada exclusivamente para En Orsai, el licenciado y profesor de Filosofía Juan José Giani analiza el presente del tablero político argentino. Su mirada se aleja de las etiquetas rápidas para desmenuzar la verdadera naturaleza del poder que hoy ejerce Javier Milei y el desafío existencial que esto representa para el campo nacional y popular.
Según Giani, los intentos iniciales de la oposición por calificar a Milei como "fascista" fueron un error de diagnóstico. Para el filósofo, ninguna de las características sustanciales del fascismo —nacionalismo imperialista, estatismo, corporativismo o belicismo— le son aplicables. "Se optó por un término más pertinente, 'ultraderecha', para diferenciarlo de las derechas históricamente más moderadas", señala.
Giani observa que, a esta altura del mandato, el Gobierno ha dejado de lado sus propuestas más disruptivas en pos de una supervivencia institucional. La dolarización, el cierre del Banco Central, la ruptura de relaciones con socios clave como China y Brasil, y la libre venta de órganos han quedado en el camino de la "sensatez" política.
“Conserva cierta simbología entre disruptiva y ridícula —el panic-show, twiteros freak dando 'la batalla cultural'— y su agenda anti-woke levemente declinante”, explica Giani. Sin embargo, detrás de esa cáscara, el Gobierno ha optado por mimetizarse con una derecha más clásica, caracterizada por:
Esta mutación, según el análisis, es lo que le permite a Milei construir consensos con fuerzas afines como el PRO, el radicalismo y sectores provinciales, respondiendo a las demandas del FMI y el Departamento de Estado tras las zozobras previas a las elecciones de medio término.
Este escenario de "normalización" de la derecha no convierte al oficialismo en invencible, pero sí eleva la vara para la oposición. Giani advierte contra el error de considerar que el Gobierno tiene la reelección asegurada, pero insta al peronismo a un esfuerzo de introspección y creatividad política.
El autor sostiene que es imperativo avanzar hacia una construcción unitaria que sea capaz de presentar un programa que sea "transformador pero creíble". Como ha señalado en diversas oportunidades Alfredo Zaiat en sus análisis sobre la reconstrucción del tejido productivo, la credibilidad económica es el pilar sobre el cual debe edificarse cualquier alternativa al modelo de ajuste.
La reflexión de Giani concluye con un llamado a la renovación de los liderazgos y las formas. Para el filósofo, el candidato del futuro debe ser aquel que, "recogiendo lo mejor del kirchnerismo, empiece finalmente a entonar las nuevas canciones". Esta metáfora resuena con la necesidad de una síntesis superadora que permita al campo popular recuperar la iniciativa política en un país que ha cambiado sus estructuras de demanda social.
En un contexto donde la transparencia y la ética pública están bajo la lupa, como suele investigar Alconada Mon, la construcción de este nuevo programa no solo debe ser económico, sino profundamente institucional y moral.
La nota de Giani es una advertencia contra la complacencia. El Milei "clásico" es, quizás, más peligroso para la oposición que el Milei "estrafalario", porque ha aprendido a hablar el lenguaje del sistema. La respuesta, por tanto, no puede ser el regreso al pasado, sino una evolución inteligente que interprete la nueva realidad argentina.