ESCÁNDALO

Corrientes al límite: empresas pagan salarios con vales

Un aserradero en Gobernador Virasoro paga sueldos con vales desde hace meses. La postal no es una anécdota aislada: es el síntoma brutal de una economía que se descompone desde la base productiva.

Corrientes al límite: empresas pagan salarios con vales

Walter Onorato // Sábado 21 de marzo de 2026 | 07:50

En pleno corazón forestal de la Argentina, donde la madera debería traducirse en trabajo, ingresos y desarrollo regional, aparece una escena que remite más al siglo XIX que al XXI: trabajadores cobrando con papelitos. No es metáfora, no es exageración, no es una distorsión discursiva. Es el dato concreto que surge del testimonio difundido por el militante Marcelo Yaquet: la empresa ASECOR, en Gobernador Virasoro, Corrientes, lleva meses pagando parte de los salarios con vales.

 

El dato es tan crudo como revelador. Si el salario deja de ser dinero, lo que se rompe no es sólo una cadena de pagos: se rompe el contrato social más básico. Porque cobrar en vales no es simplemente una irregularidad administrativa; es una regresión económica. Es la reinstalación de un sistema donde el trabajador queda atado, condicionado, limitado en su capacidad de decidir qué hacer con el fruto de su trabajo. Es, en definitiva, una forma de precarización extrema que desnuda el nivel de deterioro.

 

La explicación que sobrevuela el caso no es nueva, pero sí cada vez más tangible: caída del consumo interno, crisis de liquidez en las empresas y un sistema productivo regional que “hace agua”. El propio sector empresario forestal ya venía advirtiendo sobre la contracción de la demanda. Lo que aparece ahora es la consecuencia directa de esa advertencia: cuando no hay ventas, no hay ingresos; cuando no hay ingresos, el ajuste no baja en abstracto, baja en forma de vales.

 

Corrientes y Misiones no son periferia económica en este tema. Son el núcleo de la industria maderera nacional. Lo que sucede allí no es marginal: es estructural. Y si a ese cuadro se le suma la crisis del sector yerbatero —otro pilar regional—, el mapa se completa con una imagen alarmante. No hay sector que amortigüe. No hay actividad que compense. Lo que hay es una economía regional en retroceso que empieza a trasladar su crisis directamente al eslabón más débil.

 

 

 

 

Y ese eslabón, como siempre, no cambia: trabajadores y pequeños productores. No hay sorpresa en eso, pero sí hay una confirmación incómoda. Cuando el sistema entra en tensión, no son las empresas las que dejan de existir de inmediato ni los grandes actores los que pierden primero. Son los que dependen del ingreso mensual, los que no tienen espalda financiera, los que terminan aceptando cobrar con “papelitos” porque la alternativa es peor: no cobrar.

 

El fenómeno tiene además un componente político inevitable. La denuncia no se limita a describir una situación puntual, sino que la inscribe en un modelo más amplio, asociado a la idea de “un país para pocos” bajo el gobierno de Javier Milei. En ese marco, el uso de vales aparece como algo más que una anomalía: se presenta como una consecuencia lógica de una estructura económica que prioriza el ajuste, la restricción y la contracción del mercado interno.

 

Pero más allá de las interpretaciones, hay un hecho concreto difícil de esquivar: cuando una empresa paga con vales, lo que está diciendo es que no tiene liquidez. Y cuando eso ocurre de manera sostenida durante meses, lo que queda expuesto es que el problema no es coyuntural, sino profundo. No se trata de un bache momentáneo, sino de un desequilibrio persistente.

 

El punto más inquietante es que esta práctica no surge en el vacío. Tiene antecedentes históricos en contextos de crisis, en economías cerradas, en situaciones donde el dinero deja de circular y es reemplazado por sistemas paralelos de intercambio. Que reaparezca hoy, en una de las principales actividades productivas del país, debería encender alarmas mucho más allá de Corrientes.

 

Porque lo que está en juego no es sólo el salario de un grupo de trabajadores, sino la forma misma en que se organiza la economía. Si el dinero se reemplaza por vales, si el consumo se desploma, si las empresas trasladan su crisis a los empleados, entonces el problema deja de ser sectorial. Se vuelve sistémico.

 

La frase que sintetiza el trasfondo de esta situación no es técnica ni sofisticada: “el equilibrio entre producir, trabajar y vivir dignamente ya está roto”. Puede sonar a consigna, pero en este caso funciona como diagnóstico. Un diagnóstico incómodo, porque obliga a mirar más allá del caso puntual y a reconocer que lo que ocurre en un aserradero de Virasoro podría no ser una excepción, sino el anticipo de algo más extendido.

 

En ese escenario, la discusión deja de ser económica en sentido estricto y pasa a ser política y social. ¿Qué tipo de país admite que el salario vuelva a convertirse en papel sin valor de cambio pleno? ¿Qué margen de tolerancia existe frente a prácticas que erosionan derechos básicos? ¿Y cuánto falta para que lo que hoy aparece como denuncia aislada se transforme en tendencia?

 

Por ahora, la respuesta llega desde abajo, en forma de advertencia: sin organización, sin reacción, sin conflicto, los “papelitos” pueden dejar de ser noticia para convertirse en normalidad. Y cuando eso sucede, ya no hay crisis que explicar: hay un modelo que se impone.

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