ARGENTINA AL BRICS

Multilateralismo, estapa superior del anti-imperialismo

El mes próximo habrá en Fortaleza una reunión de los BRICS, la alianza económica y política entre Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, donde no se descarta la incorporación de nuestro país al bloque, luego de la invitación del gobierno ruso a la reunión, y previo a que los presidentes Vladimir Putin y Xi Jinping visiten la Argentina.

Multilateralismo, estapa superior del anti-imperialismo

Federico Vázquez // Miercoles 28 de mayo de 2014 | 19:44

 

El
mes próximo habrá en Fortaleza una reunión de los BRICS, la alianza
económica y política entre Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica,
donde no se descarta la incorporación de nuestro país al bloque,
luego de la invitación del gobierno ruso a la reunión, y previo a
que los presidentes Vladimir Putin y Xi Jinping visiten la
Argentina.
Hubo una época donde Estados Unidos podía decidir, sin costo
alguno, comenzar una guerra. Hasta la formalidad de la ONU, al
igual que cualquier otra negociación multilateral, parecía
superflua. Así fue cuando, embriagado por la victoria de la Guerra
Fría, Bush padre hizo la guerra del Golfo en 1991.
Así fue cuando en 1999, bajo el paraguas de una OTAN
todopoderosa, el gobierno de Clinton bombardeó Yugoslavia. Otro
tanto pasó en Irak en el 2003, cuando Bush hijo, con las imágenes
de los atentados a las Torres Gemelas detrás, invadió, derrocó y
asesinó al presidente de ese país, Sadam Hussein.
Diez años después de esa última gran aventura, Estados Unidos
se enfrenta a un cambio del escenario geopolítico. El año pasado,
cuando estaba a punto de comenzar otro capítulo más de intervención
solitaria, esta vez contra Siria, el liderazgo de Rusia -un país
llamado "emergente" pero que en realidad sólo está recuperando
parte de un poder que tuvo durante todo el siglo pasado- logró
frenar lo que parecía casi inevitable.
En estos días, los sucesos de Ucrania parecen mostrar que
EEUU no asimiló bien el sacudón geopolítico de Siria, y busca
tomarse revancha frente a Rusia, intentando por todos los medios
arrebatarle un país que históricamente estuvo bajo la influencia de
Moscú.
Rusia y Vladimir Putin son presentados en los medios como una
remake mala del tablero mundial que existía en el siglo pasado: una
disputa entre el modelo soviético y el norteamericano. Sin embargo,
la historia se niega a repetirse. La originalidad de comienzos del
siglo XXI es que, apoyada en poderes regionales y nacionales, la
declamada (pero tan resistida por Occidente) multilateralidad, se
está haciendo efectivamente una realidad.
Lejos de cualquier necesidad de palabrerío técnico, el
término "multipolaridad" puede resumirse como una situación donde
los actores nacionales, por más poderosos que sean en términos
individuales, deben tener en cuenta para sus acciones el poder de
los otros. Esa cuestión tan simple y casi obvia para entenderse en
un mundo donde hay 193 países soberanos reconocidos por la ONU fue,
durante casi 25 años, desconocida por Estados Unidos, no en virtud
de un plan maquiavélico engendrado por Washington, sino por pura
traducción del tamaño del triunfo que había logrado en 1989.
Sin embargo, puede ser que el gobierno de Obama -y habrá que
ver hasta qué punto el conjunto del establishment norteamericano-
no esté advirtiendo que las cosas cambiaron drásticamente mientras
avanza su última gestión en la Casa Blanca.
En la última década no surgió un bloque unificado contra la
hegemonía norteamericana, como había ocurrido en el siglo pasado.
Pasó algo más grave para los intereses de Washington.
Un conjunto de países, repartidos en cuatro continentes,
consolidaron sus economías y se lanzaron a un desarrollo acelerado
de sus sociedades. Para más problemas, China, Rusia, India y
Brasil, por nombrar a los más importantes, "emergieron" dentro del
propio sistema capitalista y del mercado mundial, lo que lejos de
suponer un alivio se transformó en un peligro más real a los
intereses concretos del liderazgo de Estados Unidos, de que lo que
fue la URSS y el bloque socialista en el siglo pasado.
Y es que la guerra fría, una vez consolidadas sus fronteras,
funcionó con una lógica de mundos separados y, por lo tanto, no
constituyó un peligro para el liderazgo norteamericano al interior
del suyo. Hoy, el combate es por el mismo territorio "global".
El enemigo, entonces, está adentro. Si antes Estados Unidos
debía cuidar sus patios traseros (donde no hay que contar sólo a
América latina, sino también a Europa, que desde la Segunda Guerra
Mundial quedó amputada en sus facultades de hacer política exterior
independiente) ahora debe hacer equilibrio para que las demás
regiones del planeta no se escapen a sus designios.
El reciente acuerdo por el cual Rusia le proveerá gas a China
a partir de 2018 es un ejemplo de eso: repercute directamente en la
Unión Europea (primer consumidor del gas ruso) y por ende en la
economía mundial. En la misma semana, ambos votaron en el Consejo
de Seguridad de la ONU contra una resolución de Francia y EEUU
contra Siria. Es decir, que a la convergencia económica le sigue,
también, un acercamiento de las posiciones políticas.

 

Hubo una época donde Estados Unidos podía decidir, sin costo alguno, comenzar una guerra. Hasta la formalidad de la ONU, al igual que cualquier otra negociación multilateral, parecía superflua. Así fue cuando, embriagado por la victoria de la Guerra Fría, Bush padre hizo la guerra del Golfo en 1991.

 

Así fue cuando en 1999, bajo el paraguas de una OTAN todopoderosa, el gobierno de Clinton bombardeó Yugoslavia. Otro tanto pasó en Irak en el 2003, cuando Bush hijo, con las imágenes de los atentados a las Torres Gemelas detrás, invadió, derrocó y asesinó al presidente de ese país, Sadam Hussein.

 

Diez años después de esa última gran aventura, Estados Unidos se enfrenta a un cambio del escenario geopolítico. El año pasado, cuando estaba a punto de comenzar otro capítulo más de intervención solitaria, esta vez contra Siria, el liderazgo de Rusia -un país llamado "emergente" pero que en realidad sólo está recuperando parte de un poder que tuvo durante todo el siglo pasado- logró frenar lo que parecía casi inevitable.

 

En estos días, los sucesos de Ucrania parecen mostrar que EEUU no asimiló bien el sacudón geopolítico de Siria, y busca tomarse revancha frente a Rusia, intentando por todos los medios arrebatarle un país que históricamente estuvo bajo la influencia de Moscú.

 

Rusia y Vladimir Putin son presentados en los medios como una remake mala del tablero mundial que existía en el siglo pasado: una disputa entre el modelo soviético y el norteamericano. Sin embargo, la historia se niega a repetirse. La originalidad de comienzos del siglo XXI es que, apoyada en poderes regionales y nacionales, la declamada (pero tan resistida por Occidente) multilateralidad, se está haciendo efectivamente una realidad.

 

Lejos de cualquier necesidad de palabrerío técnico, el término "multipolaridad" puede resumirse como una situación donde los actores nacionales, por más poderosos que sean en términos individuales, deben tener en cuenta para sus acciones el poder de los otros. Esa cuestión tan simple y casi obvia para entenderse en un mundo donde hay 193 países soberanos reconocidos por la ONU fue, durante casi 25 años, desconocida por Estados Unidos, no en virtud de un plan maquiavélico engendrado por Washington, sino por pura traducción del tamaño del triunfo que había logrado en 1989.

 

Sin embargo, puede ser que el gobierno de Obama -y habrá que ver hasta qué punto el conjunto del establishment norteamericano- no esté advirtiendo que las cosas cambiaron drásticamente mientras avanza su última gestión en la Casa Blanca.

 

En la última década no surgió un bloque unificado contra la hegemonía norteamericana, como había ocurrido en el siglo pasado. Pasó algo más grave para los intereses de Washington.

 

Un conjunto de países, repartidos en cuatro continentes, consolidaron sus economías y se lanzaron a un desarrollo acelerado de sus sociedades. Para más problemas, China, Rusia, India y Brasil, por nombrar a los más importantes, "emergieron" dentro del propio sistema capitalista y del mercado mundial, lo que lejos de suponer un alivio se transformó en un peligro más real a los intereses concretos del liderazgo de Estados Unidos, de que lo que fue la URSS y el bloque socialista en el siglo pasado.

 

Y es que la guerra fría, una vez consolidadas sus fronteras, funcionó con una lógica de mundos separados y, por lo tanto, no constituyó un peligro para el liderazgo norteamericano al interior del suyo. Hoy, el combate es por el mismo territorio "global".

 

El enemigo, entonces, está adentro. Si antes Estados Unidos debía cuidar sus patios traseros (donde no hay que contar sólo a América latina, sino también a Europa, que desde la Segunda Guerra Mundial quedó amputada en sus facultades de hacer política exterior independiente) ahora debe hacer equilibrio para que las demás regiones del planeta no se escapen a sus designios.

 

El reciente acuerdo por el cual Rusia le proveerá gas a China a partir de 2018 es un ejemplo de eso: repercute directamente en la Unión Europea (primer consumidor del gas ruso) y por ende en la economía mundial. En la misma semana, ambos votaron en el Consejo de Seguridad de la ONU contra una resolución de Francia y EEUU contra Siria. Es decir, que a la convergencia económica le sigue, también, un acercamiento de las posiciones políticas.

 

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