Pandemia

En América uno de cada mil personas murieron por Coronavirus

  América supera el millón de muertes por covid Menos de un año después del primer fallecimiento confirmado en el continente, uno de cada mil americanos ha muerto a manos de una pandemia que Occidente no ha sabido manejar América supera el millón de muertes por covid. Menos de un año después del primer fallecimiento confirmado en el continente, uno de cada mil americanos ha muerto a manos de una pandemia que Occidente no ha sabido manejar

https://elpais.com/ // Lunes 25 de enero de 2021 | 10:44

A menos de un año de la primera muerte por covid en la región, la mayoría de los pronósticos realizados sobre la pandemia desde fuera de la epidemiología resultaron fallidos. Políticos, comentaristas de la actualidad, instituciones dedicadas a la predicción económica, subestimaron la dimensión del problema o sobreestimaron la capacidad de los Estados para enfrentar una situación desconocida. El fallecimiento oficial número un millón en América llega con mayor conocimiento —y en algunos casos humildad— ante la incertidumbre, pero también trae aprendizajes que nos permiten dibujar el camino que ha recorrido el virus hasta aquí.

Desde el comienzo de los contagios comunitarios, las olas epidémicas han tenido una forma notablemente similar en Europa, EE UU y Canadá: un poco más adelantadas en el Viejo Continente, algo más pronunciado el primer pico allí y el segundo en Norteamérica, pero esencialmente paralelas en sus aumentos salvo por el brote intermedio que experimentó Estados Unidos durante el verano del Hemisferio Norte. En América Latina y el Caribe, sin embargo, la primera ola subió más tarde y más despacio. También bajó mucho más lentamente: la región fue de pico regional en pico regional de mayo a noviembre, cuando logró un pequeño respiro que llegó apenas hasta el último mes del año. Ahora, el repunte ha vuelto.

A menos de un año de la primera muerte por covid en la región, la mayoría de los pronósticos realizados sobre la pandemia desde fuera de la epidemiología resultaron fallidos. Políticos, comentaristas de la actualidad, instituciones dedicadas a la predicción económica, subestimaron la dimensión del problema o sobreestimaron la capacidad de los Estados para enfrentar una situación desconocida. El fallecimiento oficial número un millón en América llega con mayor conocimiento —y en algunos casos humildad— ante la incertidumbre, pero también trae aprendizajes que nos permiten dibujar el camino que ha recorrido el virus hasta aquí.

Desde el comienzo de los contagios comunitarios, las olas epidémicas han tenido una forma notablemente similar en Europa, EE UU y Canadá: un poco más adelantadas en el Viejo Continente, algo más pronunciado el primer pico allí y el segundo en Norteamérica, pero esencialmente paralelas en sus aumentos salvo por el brote intermedio que experimentó Estados Unidos durante el verano del Hemisferio Norte. En América Latina y el Caribe, sin embargo, la primera ola subió más tarde y más despacio. También bajó mucho más lentamente: la región fue de pico regional en pico regional de mayo a noviembre, cuando logró un pequeño respiro que llegó apenas hasta el último mes del año. Ahora, el repunte ha vuelto.

Lo primero que explica esta variación es la estrategia diferenciada europea, también canadiense y de algunos Estados de EE UU: el éxito o fracaso en la supresión del virus. El debate central de política pública en febrero, marzo y abril de 2020 se centró en si era conveniente, o siquiera posible, eliminar por completo las cadenas de contagio dentro de un territorio determinado (suprimir). La posición contraria, o escéptica, era la mitigación: para algunas voces, el coste de la supresión a través de confinamientos era excesivo para el efecto que podía producir; para otras, era sencillamente inviable entre poblaciones con alta incidencia de pobreza, con millones de hogares que necesitaban trabajar al día para sobrevivir.

Europa, en esencia, implementó la supresión (con excepciones como Suecia): así se refleja en el descenso a números ínfimos de contagios entre julio y septiembre. En Norteamérica, la implementación fue desigual. Canadá se pareció a Europa, al igual que Nueva York. No fue así en muchos otros territorios, entre ellos aquellos que siguieron la directiva trumpista, donde el virus siguió circulando y que hizo a EE UU superar los 25 millones de contagios este domingo. En ninguno, el número de enfermos siguió la curva que exhibieron la mayoría de países de México hacia el sur. Allí, el contagio sostenido pero “aplanado” lo produjo la mitigación. En algunos casos, fue una estrategia escogida conscientemente desde el principio por las autoridades (Brasil, México) y en otros asumida como inevitable ante el desborde de casos pese a las cuarentenas estrictas (Perú es quizás el ejemplo paradigmático).

Cuando se observan los resultados agregados, acumulados en todo este tiempo, la primera imagen puede parecer sorprendente: el número de muertes per capita es sensiblemente mejor en América Latina que en Europa o, sobre todo, Estados Unidos y Canadá. Ahora bien: esta cifra no significa un éxito, sino más bien refleja el modo en el que la región, con sus particularidades y contextos propios, ha acusado el golpe de la pandemia.

Primero, no se puede cantar victoria ni sacar conclusiones generales cuando los números son parciales: mientras nos encontremos en mitad, y no al final, de la pandemia. Es posible que las estructuras institucionales comparativamente mas débiles de la región hayan producido un infra-conteo de casos más agudos. Es muy factible que, cuando dispongamos de inmunidad colectiva gracias a la vacuna y saquemos cuentas finales, queden más muertes reales por covid no confirmadas oficialmente en Perú, Ecuador o México, que en Italia o Canadá. Estos tres países, de hecho, encabezan la clasificación de otro indicador, aún parcial y difícil de comparar a día de hoy, pero que a futuro nos dará la regla de oro comparativa: exceso de mortalidad.

 

Muertes por exceso, muertes más jóvenes

El exceso de mortalidad es el número de personas de más, con respecto a la media esperada, que han muerto en un lugar específico en un periodo de tiempo determinado. Si, por ejemplo, los datos de años inmediatamente anteriores indican que en un país murieron en promedio 100.000 personas entre marzo y noviembre durante la década pasada, pero en 2020 fallecieron 150.000 personas, esos 50.000 decesos “extra” se consideran exceso de mortalidad, en este caso atribuible a la pandemia. No necesariamente al contagio, aunque sí en mayor medida: también puede haber un número considerable de fallecimientos porque han empeorado el acceso a salud (al estar los recursos concentrados en atender la covid) y las condiciones económicas o sociales.

Con esta métrica, el número de muertes “extra” acumuladas en Ecuador el año pasado llega a 34.000 hasta final de septiembre; en Perú, llega a 84.000. Ambas cifras son bastante superiores al número oficial de muertes por covid en estos países (14.300 y 38.700, respectivamente), lo que indica que, en efecto, hay problemas de confirmación y registro de las muertes por covid-19 y quizás también excesos por razones de contexto, pero no de contagio.

Este indicador apunta además a otro factor crucial a la hora de calibrar y comparar muertes por región: Europa, EE UU o Canadá pueden tener una cantidad mayor de muertes per capita a causa del coronavirus, pero ello se debe también a que tienen poblaciones más envejecidas. Como la enfermedad afecta mucho más intensamente a las personas de mayor edad, este ratio superior era esperable. Sin embargo, si medimos en función del exceso de mortalidad contra los niveles esperados, los países con ciudadanías menos envejecidas —que pese a ello muestran altas diferencias— abarcan en estas cifras a muchas más personas que habrían estado, por así decirlo, más lejos de la muerte si no fuera por la pandemia.

El efecto lo vemos claro en las estructuras de edad del exceso de mortalidad. Si comparamos a México con España, por ejemplo, durante sus respectivas primeras olas: en el caso español, la mayor tasa de exceso se presentó entre las personas de 70 años en adelante. En el mexicano, sin embargo, fue para la mediana edad (de 45 a 64 años): un 63% hasta el 26 de septiembre respecto a años anteriores.

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