La acumulación de evidencia geofísica ya no deja margen para la duda: los estudios publicados en las revistas Science y PNAS, junto a los informes del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), certifican que la inyección profunda de fluidos de la industria petrolera desestabiliza fallas geológicas preexistentes y dispara sismos reales. De Oklahoma a Groningen —donde Shell y ExxonMobil debieron pagar por los daños— y con Venezuela como telón de fondo urgente, la investigación de Daniel Romero recorre el mapa global de la sismicidad inducida.
Evidencia global definitiva: mapa y cuadro comparativo de sismicidad inducida por actividades de fractura hidráulica e inyección profunda de fluidos residuales industriales.
Daniel Romero // Lunes 13 de julio de 2026 | 09:14
Oklahoma, Groningen y Venezuela en el mapa global de la sismicidad inducida — la ciencia que conecta los pozos de inyección con los terremotos reales
Por Daniel Romero — En Orsai
Por décadas, la relación entre la extracción de hidrocarburos y los movimientos de la tierra fue confinada al terreno de las "teorías conspirativas" o las denuncias de comunidades aisladas que las empresas desestimaban con comunicados corporativos. Ese tiempo terminó. La acumulación de evidencia geofísica ha obligado a los organismos reguladores más rigurosos del mundo —entre ellos el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) y las publicaciones científicas más exigentes del planeta— a aceptar una realidad que la industria petrolera prefiere ignorar: la explotación moderna de hidrocarburos tiene la capacidad comprobada de alterar los esfuerzos mecánicos del subsuelo y gatillar terremotos reales.
El fenómeno no es exclusivo de ninguna región ni de ningún modelo de desarrollo energético. Los datos, publicados en las revistas más irrefutables de la ciencia internacional, trazan un mapa que va de Norteamérica a Europa Occidental, y que la reciente actividad sísmica en Venezuela —la nación con las mayores reservas de petróleo del planeta— obliga a releer con urgencia.
Existe una confusión generalizada en la opinión pública que suele culpar al fracking —la fracturación hidráulica— de cada temblor en zonas petroleras. Los científicos del USGS son precisos: si bien el fracking puede generar microsismicidad de muy baja intensidad durante las horas en que se fractura la roca, el principal causante de los terremotos de magnitudes considerables es otro proceso: la inyección profunda de aguas residuales o de otros fluidos a alta presión en capas de roca porosa situadas a kilómetros de profundidad.
Cuando se extrae petróleo o gas, se extrae también una enorme cantidad de agua salada altamente contaminada y mezclada con químicos de producción. Para deshacerse de este fluido de desecho de forma económica, las empresas lo bombean a presiones extremas hacia el subsuelo. El proceso fue documentado exhaustivamente por investigaciones globales publicadas por medios como The Guardian.
La física es inapelable: el fluido inyectado eleva de manera drástica la presión intersticial de los poros en la roca profunda. Este incremento actúa exactamente como un lubricante sobre fallas geológicas preexistentes que ya se encontraban bajo estrés tectónico natural. Al disminuir la fricción que mantenía unida la falla, esta resbala bruscamente y libera la energía acumulada durante siglos en forma de terremoto. Un procedimiento que le ahorra costos de disposición a una empresa petrolera se convierte en el detonador de un fenómeno que comunidades enteras pagan con sus hogares, su infraestructura y su salud.
La transformación sísmica de regiones geológicamente estables es el argumento más sólido que tiene la ciencia. Los siguientes casos documentan la sismicidad inducida mediante datos publicados en las revistas científicas más prestigiosas y en los registros de los organismos reguladores más rigurosos del planeta:
Hasta 2008, el estado de Oklahoma promediaba menos de un sismo de magnitud 3.0 o superior por año. Una región del interior continental de los Estados Unidos, sin historial sísmico significativo. Con el auge de la explotación no convencional y la proliferación de pozos de inyección profunda de agua residual, la sismicidad se disparó de forma exponencial hasta superar temporalmente a California en cantidad de temblores anuales. El cambio fue tan abrupto y masivo que ya no admitía ninguna explicación natural.
El dato de la revista Science: Un estudio histórico liderado por investigadores de la Universidad de Cornell y publicado por la revista Science demostró que un enorme enjambre sísmico que afectó a casi 2.000 kilómetros cuadrados del centro del país fue provocado en gran parte por apenas cuatro pozos de inyección de altísimo volumen, que bombeaban cerca de 5 millones de barriles de fluido de desecho por mes y alteraban las presiones del subsuelo a distancias de hasta 35 kilómetros del punto de origen. Cuatro pozos. Un radio de 35 kilómetros. El dato habla solo.
El mayor sismo vinculado formalmente a la inyección de fluidos en la región ocurrió en septiembre de 2016 en Pawnee, Oklahoma, con una magnitud de 5.8, precedido por un evento de magnitud 5.7 en 2011 que dañó viviendas y estructuras. Los registros completos están en los datos públicos del USGS.gov.
El caso del campo de gas natural de Groningen, en el norte de los Países Bajos, es el más significativo para la opinión pública mundial porque resolvió una pregunta que la industria petrolera siempre intenta esquivar: ¿quién paga los daños? En Groningen, la respuesta fue jurídicamente inequívoca y económicamente devastadora para las corporaciones involucradas.
La empresa conjunta NAM (Nederlandse Aardolie Maatschappij), participada en partes iguales por Shell y ExxonMobil, explotó el campo de Groningen desde la década de 1960, convirtiéndolo en el mayor yacimiento de gas natural de Europa Occidental. Durante décadas, los habitantes del norte de los Países Bajos convivieron con una sismicidad creciente que las autoridades inicialmente minimizaban. El terremoto de Huizinge en 2012 —el mayor registrado en la historia sísmica de Groningen— fue el punto de inflexión: miles de edificios históricos dañados, comunidades enteras con grietas en sus muros y una ciudadanía que ya no aceptaba las explicaciones corporativas ni las gubernamentales.
Las investigaciones científicas posteriores, coordinadas por el Instituto Real Meteorológico de los Países Bajos (KNMI), establecieron la correlación directa entre los volúmenes de extracción de gas y la frecuencia e intensidad de los sismos. El gobierno holandés ordenó la reducción progresiva de la producción y, finalmente, el cierre definitivo del campo. Shell y ExxonMobil debieron abonar compensaciones millonarias a miles de propietarios cuyos hogares resultaron dañados. Groningen demostró algo que las petroleras no quieren que se generalice: la sismicidad inducida tiene responsables identificables, y esos responsables pueden ser llevados ante los tribunales y condenados a pagar.
No solo el agua de desecho genera sismos. Las técnicas de Recuperación Mejorada de Petróleo (EOR), diseñadas para exprimir pozos maduros mediante la inyección de gases a alta presión, producen el mismo efecto con un fluido diferente. Esto amplía el alcance del fenómeno más allá del fracking y lo extiende a cualquier operación que implique inyección profunda de sustancias a presión.
Una investigación publicada por la Academia Nacional de Ciencias de EE. UU. en las Actas de la PNAS analizó el campo petrolero Cogdell, en el oeste de Texas. Los científicos comprobaron que una seguidilla de sismos de hasta magnitud 4.4 entre 2006 y 2011 estuvo directamente vinculada al incremento de inyección de dióxido de carbono (CO2) licuado a alta presión. El mecanismo físico era idéntico al de Oklahoma: presión artificial sobre fallas preexistentes. La conclusión es inquietante: no existe tipo de inyección profunda de fluidos que esté exento del riesgo sísmico.
Venezuela posee las mayores reservas de petróleo probadas del planeta, concentradas principalmente en la Faja Petrolífera del Orinoco —un depósito de crudo ultra-pesado que se extiende por más de 50.000 kilómetros cuadrados en el norte del país. La particularidad de este recurso hace de Venezuela un caso singular en el debate global sobre sismicidad inducida: el crudo de la Faja del Orinoco es tan denso que no puede fluir hacia la superficie por sí solo. Requiere técnicas de Recuperación Mejorada masiva —inyección de vapor, agua caliente y gases a alta presión— para poder extraerse a escala industrial.
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En términos geofísicos, Venezuela tampoco está en una posición neutral. El sistema de fallas del Caribe, junto a la compleja interacción de las placas Sudamericana, Caribeña y de Nazca, configura un territorio de alta sensibilidad tectónica natural. Sobre ese escenario, la actividad de PDVSA y sus socias internacionales implica la inyección profunda de millones de barriles de fluidos por mes en una de las zonas geológicamente más complejas del hemisferio occidental.
La reciente actividad sísmica registrada en territorio venezolano ha vuelto a poner sobre la mesa la pregunta que los científicos de la Universidad de Cornell le hicieron a Oklahoma en 2014: ¿cuánto de lo que se registra en los sismógrafos es actividad tectónica natural, y cuánto es el resultado de décadas de inyección masiva de fluidos en el subsuelo? Cuando esa pregunta se hizo en Oklahoma, la respuesta —publicada en Science— cambió para siempre el debate sobre la responsabilidad de la industria petrolera. Hacerla en Venezuela, con las mayores reservas del planeta en juego, es una obligación científica y ética que no puede postergarse.
La constatación científica de que la industria petrolera puede generar sismos abre un debate crucial sobre los riesgos máximos del fenómeno. Los datos acumulados permiten establecer certezas y límites con rigor:
| Factor de análisis | Sismicidad inducida (petróleo/gas) | Terremotos tectónicos naturales |
|---|---|---|
| Origen principal | Inyección de agua residual, vapor o gases a alta presión | Desplazamiento natural de placas tectónicas |
| Profundidad común | Superficial (2 a 5 km), lo que amplifica el daño en superficie | Variable, puede alcanzar cientos de kilómetros |
| Magnitud máxima documentada | Entre 4.5 y 5.8 en los casos más estudiados (USGS, Oklahoma 2016) | Sin límite humano — superan magnitud 9.0 |
| Mecanismo de activación | Lubricación y alteración de presión en fallas locales preexistentes | Ruptura por acumulación de tensiones macrogeológicas |
| ¿Se puede detener? | Sí — cesando las operaciones de inyección. Probado en Oklahoma, Groningen y otros casos documentados | No — proceso geológico independiente de la actividad humana |
| Responsabilidad legal | Atribuible — Shell y ExxonMobil condenados en Países Bajos; empresas en Oklahoma investigadas por el gobierno federal de EE. UU. | No atribuible — fuerza de la naturaleza |
Los geólogos internacionales coinciden en un punto: la actividad humana actúa principalmente como un gatillo de energía preexistente en el subsuelo. Un pozo de inyección no crea una falla geológica, pero si intercepta una estructura preexistente que ya se encuentra bajo estrés tectónico natural, acelera su ruptura inevitable. La diferencia es que esa ruptura podría ocurrir décadas o siglos después de forma natural; con la inyección de fluidos industriales, puede ocurrir mañana. Y en un área densamente poblada o sobre infraestructura crítica, una magnitud de 5.0 puede ser catastrófica.
Los macrosismos devastadores, superiores a magnitud 7.0, siguen respondiendo a la dinámica tectónica profunda e incontrolable del planeta. Pero la industria petrolera ha demostrado ser capaz de multiplicar la frecuencia de sismos de rango medio con consecuencias reales y comprobadas para las personas. Y lo que el caso Groningen demostró ante los tribunales europeos es que esa capacidad tiene un nombre, una causa y un responsable legal.
La evidencia científica está publicada en las revistas más exigentes del mundo. Las fuentes son las mismas instituciones que la industria cita cuando le conviene. El debate ya no es si la industria petrolera puede causar terremotos: eso está probado en Oklahoma, en los Países Bajos y en Texas. El debate urgente —el que Venezuela pone hoy sobre la mesa con su actividad sísmica reciente y sus reservas inigualables— es cuánto de ese riesgo el mundo está dispuesto a aceptar en silencio, sobre quién recae ese riesgo y quién tiene derecho a decidirlo. Hasta ahora, esa conversación la están teniendo los sismólogos. Los gobiernos y las comunidades todavía no llegaron.