En el equipo del maestro Sabella prima la idea de lo colectivo sobre lo individual, principio necesario para el fútbol como para todos los órdenes de la vida en comunidad.
Gastón Harispe * // Viernes 11 de julio de 2014 | 00:07
Sacrificio es la palabra obligada a la hora de analizar el partido. La fiesta que dejó atrás los nervios de cada familia en cada rincón del país, recobra la mística de que podemos. Juntos, podemos.
Es posible llegar a la final jugando bien cuando se puede, y también dejando el corazón y las piernas por un objetivo colectivo. Empezamos el mundial esperanzados en los cuatro fantásticos y contra Holanda ondearon la bandera un león como Mascherano y diez obreros de un triunfo trabajado. Nadie nos regaló nunca nada.
Nunca, el equipo de todos, tuvo la certeza de superar cada escalón fácilmente. En el conjunto argento las estrellas ahora son un equipo, donde los firuletes los hacen los defensores -como el caño de Marquitos Rojo al gran Roben- y los jugadores creativos y ofensivos corren, se tiran y cuerpean.
A los argentinos nos enorgullecen los logros del trabajo y la actitud y estos jugadores quedarán en la historia porque nunca fueron menos que nadie. El equilibrio táctico es el resultado que se consiguió con defender la posición y hacer lo que hay que hacer en cada puesto. Nadie se hizo la rabona en cada ocasión en que le tocó entrar en juego.
Los jugadores y el fútbol nuestros están simbolizando, con el "juego asociado" que pregona Sabella, un "plan donde nunca renunciamos a ganar". Vuelve a quedar la idea de lo colectivo sobre lo individual, principio necesario para el fútbol como para todos los órdenes de la vida en comunidad.
MARCAS PERSONALES
Desde el principio del partido se percibieron las marcas personales que ambas formaciones pusieron sobre no solo los más hábiles. La presión sobre la salida desde los fondos argentino y holandés y la búsqueda de jugar con la pelota al piso prescindiendo del pelotazo a dividir, mostraron a dos equipos parecidos. Tratar de jugar, correr y marcar, ocupando el territorio y no dejar nada librado al azar.
Van Gaal no tuvo las respuestas del mariscal de campo que se le suele atribuir y el Gran Sabella supo que no hay forma de comprar la gloria. Dijo cuando pasamos a las semifinales que "hemos pasado el Rubicón". Estaba tirando de la piola de la historia universal que dio la gloria a Julio César, cuando dio la orden a sus tropas de cruzar el río que separaba a la Galia de Roma, pronunciando en latín la frase alea iacta est ("la suerte está echada"). El Gran Sabella parafraseó al Gran Julio C‚sar, que luego de lanzarse a la aventura citó en griego "íQue empiece el juego!".
Pasamos los penales y ahora llegan los germanos, luego de venticuatro años de no encontrar el rumbo de los sueños de un gran equipo de todos. Dependemos de nosotros mismos, como siempre. Los sueños grandes requieren hombres y mujeres grandes.
¿Quién no se acordó de Goyco cuando Romero volaba triunfal defendiendo nuestro arco?; ¿Cómo no creer que Di Stéfano nos ayuda desde un cielo recién llegado?; íCuántas analogías injustas pero necesarias entre Maradona y Messi!
Este gran País, Argentina, "ocupa todos los espacios" y tiene en este momento histórico una exposición pública pocas veces vista. Estamos en la final del mundial de fútbol. Miles de millones de habitantes de la Tierra verán a estos once jugadores dejar todo en la cancha el domingo que viene, representantes de un lugar en el mundo que tiene un gobierno y un pueblo que sostienen una pulseada contra intereses poderosos del sistema financiero internacional y que recogen la solidaridad de los pueblos humildes y laboriosos del globo. Y tenemos un Papa que emerge de las tradiciones solidarias y transformadoras que corren por nuestra sangre y nuestra historia.
A casi doscientos años de haber declarado la Independencia nacional, los abanderados de Messi y Mascherano nos dejan al borde de nuestra conciencia nacional de que juntos somos un equipo.
* Diputado nacional por el Frente para la Victoria.