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DESASTRE

Peso argentino: cayó 18,9% y el mercado espera más devaluación

El peso argentino vuelve a quedar bajo presión pese a que su caída se moderó durante 2026. La inflación, el atraso del tipo de cambio real, la búsqueda de cobertura y el deterioro del clima político alimentan las dudas sobre la estrategia cambiaria del Gobierno de Javier Milei.

Peso argentino: cayó 18,9% y el mercado espera más devaluación

Walter Onorato // Miercoles 19 de agosto de 2026 | 06:04

El peso perdió 18,9% en un año y el mercado anticipa una depreciación gradual ante la presión cambiaria.

El peso argentino, en el fondo del ranking mundial

El peso argentino fue la moneda que más se debilitó frente al dólar entre las principales divisas globales durante el año cerrado en junio de 2026. Según datos de Deutsche Bank y Bloomberg recopilados por Visual Capitalist, perdió un 18,9%, por encima de la lira turca, que retrocedió 14,6%, y del won surcoreano, que cayó 12,6%.

El dato expone una paradoja que atraviesa la política cambiaria argentina: que el peso pierda valor frente al dólar no significa necesariamente que el tipo de cambio esté caro en términos reales. Si los precios internos aumentan más rápido que el dólar, la moneda puede depreciarse nominalmente y, al mismo tiempo, acumular atraso cambiario.

La comparación internacional también deja al descubierto el contraste con otras economías emergentes. El peso colombiano se apreció 19,2%, el mexicano ganó 7,7% y el real brasileño avanzó 5,2% durante el mismo período.

 

Una depreciación que se concentró en 2025

La fotografía cambia cuando se observa solamente 2026. En lo que va del año, el peso acumula una caída del 2,8% frente al dólar y ocupa el puesto 25 entre las 31 monedas relevadas. La pérdida continúa, pero está muy lejos del desplome interanual del 18,9%.

Una parte importante de la depreciación anual se concentró durante la segunda mitad de 2025, período atravesado por las elecciones de medio término. Ese movimiento terminó distorsionando el balance de doce meses y explica por qué el dato anual resulta considerablemente más negativo que la evolución reciente.

Durante agosto, además, el peso volvió a ubicarse entre las monedas perdedoras. Entre el cierre de julio y el 14 de agosto acumuló una depreciación del 0,35%, ubicándose en el puesto 26 entre las 31 divisas analizadas.

La diferencia con buena parte de América Latina vuelve a ser significativa. Mientras el peso argentino retrocedió, el mexicano avanzó 2,1%, el chileno 1,9%, el colombiano 1,3% y el sol peruano 1,1%. El real brasileño fue la excepción regional, con una caída del 2,8%.

 

El problema que deja la inflación

La discusión no se reduce a cuánto vale el dólar. El verdadero problema aparece cuando la inflación avanza por encima del tipo de cambio y termina encareciendo los costos argentinos medidos en moneda estadounidense.

Durante buena parte del programa económico de Javier Milei y Luis Caputo, el tipo de cambio fue utilizado como una de las anclas para desacelerar la inflación. Primero mediante un crawling peg del 2% mensual, luego del 1% y posteriormente mediante un esquema de bandas.

La estrategia contribuyó a contener la inflación, pero abrió una pregunta incómoda: cuánto atraso cambiario acumuló la economía mientras los precios internos seguían aumentando más rápido que el dólar.

El Gobierno rechaza esa interpretación. Caputo sostiene que no existe atraso cambiario y plantea que la competitividad no debería depender de una nueva devaluación, sino de una reducción de impuestos, costos y problemas logísticos, junto con reformas destinadas a mejorar la capacidad de las empresas para competir.

Pero economistas, exportadores y sectores productivos plantean otra preocupación. Si los costos internos crecen por encima del dólar, se reducen los márgenes de exportación y aumenta el atractivo de las importaciones, mientras el Banco Central enfrenta mayores dificultades para acumular reservas.

 

 

Crece la demanda de cobertura frente al dólar

El comportamiento de los inversores agrega otra señal de alerta. El stock de instrumentos de cobertura cambiaria, que había caído a apenas 3.211 millones de dólares en mayo de 2026, trepó hasta 11.239 millones en julio y 12.118 millones en agosto.

El volumen prácticamente se cuadruplicó respecto del piso de mayo y volvió a niveles elevados, aunque todavía por debajo del máximo de 15.287 millones registrado en octubre de 2025, antes de las elecciones de medio término.

La señal es clara: aumentó con fuerza la demanda de protección ante una eventual suba del dólar. De acuerdo con Jonathan Spitz, de Balanz, los inversores están mostrando una estrategia de mayor cautela y trasladando parte de sus carteras hacia instrumentos vinculados al tipo de cambio.

Matías Ballestrín, jefe de Inversiones de Banco Piano, también describió un proceso de desindexación de las carteras, con mayor presencia del dólar y de activos de cobertura. En ese escenario, la tasa en pesos pierde atractivo frente a alternativas vinculadas al dólar o ajustadas por inflación.

 

El mercado ya proyecta una depreciación gradual

La curva de futuros muestra que el mercado no está apostando a una estabilidad absoluta del peso. Por el contrario, incorpora una depreciación progresiva durante los próximos meses.

El contrato de agosto de 2026 parte de un dólar de $1.505. Las posiciones futuras proyectan $1.532 para septiembre, $1.560 para octubre, $1.591 para noviembre y $1.621 para diciembre. Eso supone una suba acumulada de aproximadamente 7,7% hacia fin de año respecto del contrato más corto.

La expectativa continúa hacia 2027. La curva ubica al dólar en $1.652 para enero, $1.679 para febrero y $1.712 para marzo, mientras que alcanza $1.776 en mayo, $1.810 en junio y $1.840 en julio.

Sin embargo, Maximiliano Tessio, asesor financiero, advierte que el fenómeno no necesariamente representa una dolarización estructural de las carteras. Según su interpretación, se trata principalmente de una estrategia de cobertura frente a un eventual ajuste cambiario.

 

El frente político también empieza a pesar

La presión cambiaria no ocurre aislada del escenario político. El deterioro de la percepción sobre el Gobierno aparece como otro factor que los inversores comienzan a incorporar en sus decisiones.

Según la medición de AtlasIntel mencionada en la fuente, en julio de 2026 el 62,4% de los encuestados manifestó desaprobar la gestión presidencial, frente a un 37,1% que expresó su aprobación. La diferencia superó los 25 puntos porcentuales y alcanzó el mayor nivel de rechazo registrado en la serie.

Juan Manuel Franco, economista jefe de Grupo SBS, vinculó el escenario electoral futuro con la evolución de variables de la economía real. La mora de las familias, la evolución de los salarios reales y la percepción sobre la actividad económica aparecen como elementos que el mercado seguirá observando mientras se aproxima el ciclo electoral de 2027.

El dato resulta especialmente sensible para un Gobierno que construyó buena parte de su legitimidad sobre la promesa de estabilización económica. La desinflación y el equilibrio fiscal pueden exhibirse como resultados macroeconómicos, pero el deterioro de la percepción social muestra que esos indicadores no necesariamente se traducen en una mejora equivalente de las condiciones cotidianas.

 

¿Qué significa para los trabajadores asalariados?

La discusión sobre el peso argentino y una eventual nueva devaluación puede parecer, a primera vista, un asunto reservado a economistas, bancos e inversores. Sin embargo, detrás de cada movimiento del tipo de cambio existe una disputa concreta sobre el poder de compra de los ingresos, el costo de los bienes y la capacidad de los trabajadores para sostener su nivel de vida.

La propia fuente aporta una señal central: durante los últimos dos años, la inflación avanzó a un ritmo mayor que la devaluación. Eso significa que, aunque el peso perdió valor frente al dólar, los precios internos crecieron todavía más rápido. Para un trabajador asalariado, la consecuencia es que el salario puede quedar atrapado entre dos fuerzas: la pérdida de valor de la moneda y una inflación que erosiona su capacidad de compra.

 

El salario frente a una nueva depreciación

Si el mercado anticipa una nueva depreciación del peso, el impacto sobre los trabajadores dependerá de qué ocurra simultáneamente con los salarios y los precios. La fuente no establece una magnitud concreta para esa eventual pérdida de poder adquisitivo, pero sí señala que los salarios reales “no despegan” y que la evolución de la economía real será cada vez más relevante en el escenario político.

La preocupación aparece porque una nueva suba del dólar puede profundizar la tensión entre ingresos y precios si los salarios no acompañan el movimiento. En ese escenario, el trabajador que cobra en pesos queda particularmente expuesto a una moneda cuyo valor se encuentra bajo presión.

El problema no termina en el precio del dólar. La fuente advierte que, cuando los costos internos crecen más rápido que el tipo de cambio, se modifica la relación entre los productos argentinos y los precios internacionales. Esa dinámica también puede afectar el consumo y la actividad, dos variables que terminan repercutiendo sobre el mundo laboral.

Menos margen para llegar a fin de mes

Hay otro dato especialmente significativo: la fuente señala que la mora de las familias se encuentra en niveles récord y que el estrés crediticio se concentra entre los tomadores más jóvenes.

El problema cambiario se desarrolla, entonces, en una economía donde una parte de los hogares ya enfrenta dificultades para sostener sus obligaciones financieras. Si a esto se suma una eventual depreciación del peso y salarios reales que no consiguen despegar, la presión sobre los presupuestos familiares puede convertirse en uno de los principales canales de transmisión de la tensión cambiaria hacia la vida cotidiana.

La cuestión adquiere todavía mayor relevancia cuando se observa el comportamiento de la actividad. La fuente destaca que la falta de actividad en sectores intensivos en mano de obra está erosionando la imagen del Gobierno y que la actividad presenta mayor debilidad precisamente en aquellos sectores donde el empleo tiene mayor peso.

El trabajador queda en el centro de la ecuación

El debate sobre el tipo de cambio no debería reducirse a una discusión entre quienes defienden o rechazan una devaluación. Para los trabajadores asalariados, la cuestión fundamental es qué ocurre con sus ingresos reales, el empleo, el consumo y la capacidad de las familias para afrontar sus compromisos.

El Gobierno sostiene que la competitividad no debe alcanzarse mediante una devaluación, sino mediante una reducción de impuestos, costos y problemas logísticos. Pero mientras esa estrategia busca sostener la estabilidad cambiaria, los datos citados en la fuente muestran que el mercado continúa demandando cobertura frente al dólar y proyectando una depreciación gradual del peso.

Ahí aparece una tensión política difícil de ocultar: una política cambiaria puede perseguir determinados objetivos macroeconómicos, pero su evaluación social termina dependiendo de si los trabajadores consiguen o no preservar sus ingresos y su capacidad de consumo.

Por eso, el dato más importante no necesariamente es que el peso haya sido la moneda que más cayó frente al dólar. El verdadero interrogante es quién termina pagando el costo de esa pérdida de valor. Si los salarios reales continúan sin despegar, la actividad permanece débil en sectores intensivos en empleo y aumenta el endeudamiento de las familias, la discusión cambiaria deja de ser una cuestión abstracta de mercados y pasa a convertirse en una discusión sobre las condiciones concretas de vida de los trabajadores.

 

El costo social detrás de la discusión cambiaria

El mercado observa algo más que cotizaciones y contratos futuros. También empieza a incorporar el impacto de la actividad económica, el empleo y el endeudamiento de los hogares.

La fuente señala que la confianza en el Gobierno cayó particularmente entre los jóvenes de 18 a 29 años, un segmento que había constituido uno de los principales respaldos electorales del oficialismo en 2023. También destaca que el estrés crediticio se concentra entre los tomadores más jóvenes y que la debilidad de la actividad en sectores intensivos en mano de obra afecta la aprobación presidencial.

Así, la discusión sobre el peso termina excediendo al mercado cambiario. La evolución del dólar, la inflación, las reservas, los salarios, el empleo y la confianza política comienzan a formar parte de una misma ecuación.

 

Una devaluación que el mercado ya descuenta

La contradicción central permanece intacta. El peso fue la moneda que más cayó frente al dólar entre las principales divisas durante el último año, pero el mercado continúa esperando una depreciación adicional porque la inflación puede haber erosionado buena parte de aquella pérdida en términos reales.

El Gobierno apuesta a mantener el tipo de cambio como herramienta de estabilización y rechaza que la competitividad deba recuperarse mediante un salto cambiario. Pero la creciente demanda de cobertura y la curva de futuros muestran que los inversores están tomando precauciones frente a un escenario diferente.

El problema, entonces, no es solamente cuánto se devaluó el peso. La pregunta más incómoda para el programa económico es cuánto tiempo puede sostenerse un dólar que avance por detrás de los precios sin deteriorar las exportaciones, dificultar la acumulación de reservas y profundizar las tensiones sobre la actividad y el empleo.

La paradoja del modelo queda expuesta: una moneda puede perder casi una quinta parte de su valor frente al dólar y, aun así, llegar al punto en que el mercado considere que necesita volver a depreciarse. En esa tensión entre desinflación, atraso cambiario y demanda de cobertura se juega una parte decisiva de la sustentabilidad económica del programa de Milei y Caputo.

Fuentes

La Política Online. (2026, 18 de agosto). El peso fue la moneda que más cayó en un año y el mercado discute si el dólar está atrasado. La Política Online.

El Cronista. (2026, agosto). El peso está entre las monedas de peor performance del mundo: la alerta de un banco global. El Cronista.

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