Llegó al poder prometiendo terminar con la “casta”, los privilegios y la corrupción de la política tradicional. Pero el gobierno de Javier Milei terminó rodeado de expedientes, denuncias y sospechas que alcanzan a funcionarios, aliados, operadores y empresarios de su entorno. ANDIS, $LIBRA, José Luis Espert y Fred Machado, PAMI, Fernando Cerimedo y ahora Manuel Adorni componen un mapa incómodo para un oficialismo que construyó buena parte de su identidad sobre una supuesta superioridad moral.
Sofía Arregui // Jueves 20 de agosto de 2026 | 06:52
El poder libertario acumula causas, denuncias y sospechas que desafían su discurso anticasta.
Del discurso contra la “casta” al gobierno bajo sospecha
Javier Milei llegó a la Casa Rosada con una promesa política contundente: terminar con la corrupción de la llamada “casta”, reducir el Estado y expulsar de la administración pública los mecanismos de privilegio que, según su propio discurso, habían convertido a la política argentina en un negocio.
La consigna fue eficaz. El libertarismo logró presentarse ante buena parte del electorado como una fuerza externa al sistema, una suerte de actor antisistema que llegaba para dinamitar las estructuras tradicionales.
Pero hay una pregunta que el paso del tiempo volvió inevitable: ¿qué ocurre cuando las sospechas de corrupción dejan de estar exclusivamente del otro lado de la grieta y comienzan a aparecer dentro del propio dispositivo de poder?
La respuesta no puede construirse a partir de consignas. Debe surgir de los expedientes judiciales, las declaraciones patrimoniales, las transferencias de dinero, los contratos, los testimonios y las pericias.
Y el panorama resulta cada vez más incómodo.
No todos los casos tienen el mismo grado de avance judicial. No todos involucran a funcionarios en ejercicio. No todos constituyen delitos probados. Pero todos forman parte de una sucesión de episodios que golpearon al Gobierno y a personas políticamente vinculadas con Milei.
La cuestión central, entonces, no es afirmar que existe una única estructura criminal libertaria. Eso sería una conclusión que solamente podría establecer una sentencia judicial.
La cuestión política es otra: ¿cómo puede un gobierno que llegó denunciando la corrupción estructural de la política explicar la acumulación de investigaciones que alcanzan a sus propios funcionarios, aliados y operadores?
El caso de Diego Spagnuolo constituye uno de los golpes más severos al discurso oficial.
Spagnuolo fue titular de la Agencia Nacional de Discapacidad, ANDIS, durante el gobierno de Milei. Su nombre quedó asociado a una investigación por presuntas coimas y un supuesto esquema de corrupción alrededor de las contrataciones del organismo.
La investigación judicial avanzó considerablemente. En febrero de 2026, el juez federal Sebastián Casanello procesó a Spagnuolo como supuesto jefe de una asociación ilícita y por delitos que incluyen negociaciones incompatibles con la función pública, defraudación agravada y cohecho pasivo. El procesamiento alcanzó también a otros 18 acusados.
El caso había comenzado a tomar dimensión pública a partir de audios atribuidos a Spagnuolo en los que aparecían referencias a presuntas maniobras de recaudación ilegal dentro del organismo y menciones a personas vinculadas con el círculo presidencial.
El Gobierno reaccionó apartando a Spagnuolo.
Pero el problema político no desapareció con su salida.
Porque la cuestión de fondo no es solamente qué hizo —o no hizo— un exfuncionario. La pregunta es quién lo designó, quién lo sostuvo, qué controles existieron y cómo pudo desarrollarse semejante situación dentro de un organismo estatal durante la administración libertaria.
La Justicia deberá determinar responsabilidades individuales.
La política, mientras tanto, tiene derecho a formular otra pregunta: ¿cómo funciona un gobierno que promete terminar con la corrupción cuando los mecanismos denunciados aparecen dentro de sus propios organismos?
Si ANDIS expuso las sospechas alrededor de la administración de recursos públicos, el caso $LIBRA llevó la discusión directamente hasta Javier Milei.
El 14 de febrero de 2025, el Presidente promocionó públicamente la criptomoneda $LIBRA a través de sus redes sociales. El activo experimentó una explosión de valor y posteriormente se desplomó, dejando numerosos damnificados.
La investigación judicial intenta determinar qué ocurrió detrás de aquella operación, quiénes se beneficiaron y cuál fue exactamente el papel desempeñado por Milei y su entorno.
El expediente incorporó elementos particularmente sensibles.
Una investigación periodística publicada en agosto de 2026 informó que Hayden Davis, creador de $LIBRA, transfirió más de cinco millones de dólares digitales a cuentas que terminaban vinculadas con una financiera relacionada con Mauricio Novelli, empresario cercano al Presidente y señalado como intermediario entre Davis y el entorno presidencial. Las transferencias se produjeron antes del lanzamiento de la criptomoneda.
Pero existe un elemento todavía más delicado: en el teléfono de Novelli habría aparecido un documento referido a un supuesto acuerdo por cinco millones de dólares relacionado con el apoyo presidencial al proyecto. Esa información forma parte de la investigación y no equivale a una condena judicial.
La causa incluso enfrentó problemas tecnológicos para rastrear transferencias de aproximadamente 4,8 millones de dólares vinculadas a Davis. La Unidad Fiscal Especializada en Ciberdelincuencia había utilizado una versión de prueba de un software especializado que luego expiró y no pudo renovarse inicialmente debido a restricciones presupuestarias.
El caso resulta explosivo porque coloca en un mismo escenario al Presidente de la Nación, empresarios privados, una criptomoneda, millones de dólares y una investigación judicial que todavía intenta reconstruir el circuito del dinero.
Milei sostiene que difundió $LIBRA como ciudadano y negó haber cometido una irregularidad.
La Justicia deberá determinar si existió algún beneficio económico para él o para personas de su entorno.
Pero hay algo que ya no puede discutirse: la promoción presidencial convirtió a una operación privada y especulativa en un acontecimiento político internacional.
El caso José Luis Espert-Fred Machado agrega otra pieza al rompecabezas.
Espert fue una de las figuras centrales del espacio libertario antes de la llegada de Milei al poder y posteriormente se convirtió en un aliado político del Presidente.
La controversia surgió por sus vínculos con Federico “Fred” Machado, empresario argentino requerido por la Justicia estadounidense y relacionado con investigaciones por narcotráfico, lavado de dinero y fraude.
La relación entre ambos generó interrogantes sobre financiamiento, vuelos, contratos y transferencias de dinero.
Uno de los elementos más controvertidos fue una transferencia de 200.000 dólares vinculada con una estructura financiera relacionada con Machado. También fueron investigados vuelos utilizados por Espert durante la campaña electoral de 2019 y la existencia de un contrato por un millón de dólares.
Espert negó que se tratara de financiamiento político ilícito y sostuvo que la relación respondía a una actividad profesional.
La cuestión deberá ser establecida judicialmente.
Pero el problema político se volvió todavía mayor cuando Milei salió públicamente en defensa de Espert.
La contradicción resulta evidente: el oficialismo construyó buena parte de su identidad sobre la idea de que los políticos tradicionales estaban contaminados por intereses económicos y estructuras opacas. Sin embargo, cuando las sospechas alcanzaron a uno de sus principales aliados, la reacción presidencial fue defenderlo.
No es una condena.
Es una pregunta.
Y en política, algunas preguntas pueden ser mucho más devastadoras que una acusación.
El caso PAMI posee una gravedad adicional porque involucra a uno de los organismos públicos más importantes del país.
Las denuncias apuntaron a presuntos pedidos de retornos, contrataciones y supuestos sobreprecios dentro del instituto.
Entre las acusaciones públicas apareció el nombre de Viviana Aguirre, exfuncionaria del organismo, quien denunció presuntas maniobras vinculadas con dirigentes y sectores políticos relacionados con el oficialismo.
También se formularon cuestionamientos por supuestos sobreprecios en adquisiciones realizadas por el PAMI, entre ellas compras de lentes intraoculares.
Como en los demás expedientes, corresponde distinguir entre denuncia y delito probado.
Pero existe un elemento que vuelve particularmente grave cualquier irregularidad en el PAMI: los fondos administrados por el organismo pertenecen a jubilados y pensionados.
No son recursos abstractos.
Son medicamentos, tratamientos, operaciones, prótesis y prestaciones.
Por eso cualquier sospecha de retornos o sobreprecios adquiere una dimensión política que supera la discusión contable.
El libertarismo prometió que la reducción del Estado terminaría con la corrupción.
Pero reducir el Estado no elimina automáticamente la corrupción.
Puede incluso hacerla más difícil de detectar si los controles institucionales también son debilitados.
El caso Manuel Adorni merece un capítulo propio.
No solamente porque fue jefe de Gabinete de Milei, sino porque durante años fue uno de los principales rostros comunicacionales del Gobierno. Desde su rol de vocero presidencial construyó una imagen basada en el enfrentamiento permanente con periodistas, opositores y dirigentes de la política tradicional.
Adorni hablaba desde una posición de supuesta superioridad moral.
Pero esa imagen comenzó a derrumbarse cuando surgieron cuestionamientos sobre su patrimonio.
La Justicia abrió una investigación por presunto enriquecimiento ilícito después de que aparecieran inconsistencias entre sus ingresos declarados y su evolución patrimonial.
El episodio adquirió una dimensión extraordinaria cuando Adorni modificó su explicación.
En abril, ante el Congreso, había sostenido que en sus declaraciones juradas estaban incluidos todos los bienes de su patrimonio y que no había existido ocultamiento. Semanas después reconoció públicamente que había tenido ahorros no declarados por alrededor de medio millón de dólares, atribuidos a inversiones en criptomonedas realizadas antes de ingresar al Gobierno.
La frase con la que intentó explicar la situación fue todavía más problemática: sostuvo que había ahorrado “en negro”, como —según su argumento— lo hacía buena parte de los argentinos.
La explicación no cerró el escándalo.
La investigación periodística había señalado además compras inmobiliarias, viajes y reformas importantes en una vivienda, elementos que habían generado interrogantes sobre la correspondencia entre su patrimonio y sus ingresos.
Su declaración jurada terminó consignando un patrimonio de más de 944 millones de pesos.
El desenlace político llegó en junio de 2026, cuando Adorni renunció a la Jefatura de Gabinete. Días después también dejó su puesto en el directorio de YPF, completando su salida de la estructura estatal.
El caso presenta una ironía difícil de ignorar.
El funcionario que durante años había construido su carrera política denunciando a la “casta” terminó abandonando el Gobierno mientras era investigado por su patrimonio y después de modificar públicamente sus explicaciones sobre dinero que no había declarado.
No significa que Adorni haya sido condenado por enriquecimiento ilícito.
Pero el problema político ya estaba instalado.
La bandera de la transparencia había quedado atrapada en una contradicción patrimonial.
Fernando Cerimedo ocupa un lugar diferente.
No corresponde presentarlo como funcionario corrupto ni afirmar que su situación judicial constituye una causa de corrupción contra el Gobierno argentino.
Su importancia es política.
Cerimedo fue un operador y estratega digital vinculado al universo libertario y a la construcción comunicacional que acompañó el ascenso de Milei.
Su nombre volvió a ocupar las primeras planas en agosto de 2026 tras ser detenido en Bolivia en el marco de una investigación relacionada con un presunto ataque contra su expareja.
La causa boliviana no puede transformarse automáticamente en una acusación contra el Gobierno argentino.
Pero el episodio permite observar algo más amplio: las redes informales de poder que rodean al fenómeno libertario.
Consultores, operadores digitales, empresarios, intermediarios y figuras que no necesariamente ocupan cargos públicos pueden desempeñar un papel decisivo en la construcción y funcionamiento de una fuerza política.
El problema democrático aparece cuando esas redes comienzan a mezclarse con negocios, dinero y decisiones de Estado.
Porque una de las grandes preguntas del fenómeno Milei no es solamente quién ocupa un ministerio.
Es quiénes tienen acceso al poder sin necesidad de ocupar una oficina oficial.
ANDIS.
$LIBRA.
Espert-Machado.
PAMI.
Adorni.
Cerimedo.
No son la misma causa.
No involucran necesariamente a las mismas personas.
No tienen el mismo nivel de avance judicial.
Y sería irresponsable afirmar que todos constituyen casos de corrupción probada.
Pero tampoco es serio fingir que no existe un problema político.
Porque en ANDIS ya hubo procesamientos judiciales.
En $LIBRA existen investigaciones sobre transferencias millonarias y vínculos entre empresarios y el entorno presidencial.
En el caso Espert-Machado se investigan relaciones financieras y políticas.
En PAMI se acumularon denuncias sobre contrataciones y presuntos sobreprecios.
Adorni dejó el Gobierno después de quedar atrapado en una investigación patrimonial y modificar sus explicaciones sobre fondos no declarados.
Y Cerimedo muestra la dimensión de las redes políticas y comunicacionales que rodean al poder libertario.
El punto de contacto no es necesariamente un delito común.
Es la crisis del discurso anticorrupción.
Milei no llegó a la Casa Rosada prometiendo administrar mejor el mismo sistema.
Llegó prometiendo destruirlo.
Dijo que la política estaba dominada por una casta parasitaria.
Dijo que los privilegios debían desaparecer.
Dijo que el Estado era una maquinaria de corrupción.
Y prometió una nueva ética política.
Por eso los estándares que deben aplicarse a su Gobierno no pueden ser menores.
Deben ser mayores.
Si un funcionario kirchnerista era sospechado de corrupción, el libertarismo exigía su renuncia inmediata.
Si un empresario cercano a un gobierno tradicional aparecía involucrado en una transferencia sospechosa, el discurso libertario hablaba de “negocios de la casta”.
Si un dirigente opositor aparecía relacionado con un empresario cuestionado, el veredicto político llegaba antes que el judicial.
Ahora el poder tiene que soportar el mismo espejo.
La cuestión más profunda no es determinar si cada denuncia terminará en una condena.
Eso corresponde a los jueces.
El problema político es la doble vara.
Un gobierno que llegó prometiendo una revolución moral no puede exigir que la sociedad aplique un estándar de inocencia para sus funcionarios y otro para sus adversarios.
La presunción de inocencia debe valer para todos.
Pero la exigencia de transparencia también.
Y esa es precisamente la contradicción que empieza a atravesar al Gobierno libertario.
Porque cuando las sospechas alcanzan a los adversarios, el oficialismo exige explicaciones.
Cuando alcanzan a los propios, aparecen las palabras “operación”, “persecución”, “lawfare”, “periodismo militante” o “ataque político”.
La política democrática no funciona así.
La transparencia no puede ser una herramienta utilizada contra el adversario.
Tiene que ser una obligación del propio poder.
Javier Milei todavía puede afirmar que ninguno de estos expedientes constituye una condena contra él.
Y jurídicamente tiene razón.
También puede sostener que cada funcionario debe responder individualmente por sus actos.
Pero esa respuesta resulta insuficiente políticamente.
Porque un Presidente no solamente responde por aquello que hace personalmente.
También responde por las personas que elige, por los mecanismos de control que establece y por la manera en que reacciona cuando aparecen denuncias dentro de su propio gobierno.
El problema de Milei no es que existan investigaciones.
En una democracia, que existan investigaciones es saludable.
El problema aparece cuando las investigaciones se acumulan y el poder responde intentando desacreditar a quienes investigan en lugar de explicar exhaustivamente qué ocurrió.
El verdadero desafío del Gobierno libertario no es demostrar que todos sus funcionarios son inocentes.
Es demostrar que nadie está por encima de los controles.
Porque si la “casta” era el problema, pero los nuevos dueños del poder comienzan a reproducir las mismas zonas oscuras que denunciaban en sus adversarios, entonces la revolución prometida corre el riesgo de convertirse simplemente en un recambio de nombres.
Y ahí aparece la pregunta que el Gobierno todavía no logró responder:
¿Milei terminó con la corrupción de la política o simplemente cambió quiénes tienen acceso a ella?
La Justicia deberá responder por cada expediente.
Pero la sociedad tiene derecho a exigir algo mucho más elemental:
que la transparencia que el libertarismo reclamaba cuando estaba en la oposición también exista ahora que está en el poder.