En octubre de 2007, pocos días antes de las elecciones presidenciales, Néstor Kirchner pronunció en Ituzaingó un discurso que condensó buena parte de las ideas que habían guiado su gobierno. Habló de deuda, salarios, jubilaciones, consumo interno, industria, soberanía y unidad latinoamericana, pero también dejó una definición que excedía su propia presidencia: ser argentino y estar comprometido con la causa popular, dijo, era una tarea para toda la vida.
Walter Onorato // Sábado 12 de septiembre de 2026 | 12:07
Un discurso que reivindicó trabajo, soberanía, distribución y dignidad
Hay discursos que pertenecen a una coyuntura y otros que, con el paso del tiempo, adquieren una dimensión diferente. Las palabras que Néstor Kirchner pronunció en Ituzaingó el 24 de octubre de 2007 pueden leerse en esa segunda clave. No porque haya que convertirlas en una pieza de museo ni porque todo lo que allí afirmó deba ser aceptado sin discusión, sino porque condensan una concepción del poder, del Estado y de la Argentina que todavía constituye una disputa política.
Kirchner hablaba entonces desde el final de su mandato presidencial y a pocos días de las elecciones del 28 de octubre. Podría haber elegido el tono ceremonial de quien se prepara para abandonar el cargo. Hizo exactamente lo contrario. Su discurso fue una reivindicación de las decisiones tomadas y, al mismo tiempo, una declaración de principios sobre lo que entendía que debía ser la etapa siguiente.
“Ser presidente es solamente un tiempo de la historia”, sostuvo. Y enseguida marcó la diferencia: “ser argentino y militante comprometido con la causa popular es todo el tiempo de nuestra vida y nuestra historia”.
Esa frase probablemente sea una de las claves para entender todo el discurso. Kirchner no se presentaba como un hombre cuya identidad política dependiera exclusivamente del lugar que ocupaba en la Casa Rosada. El cargo era transitorio; las convicciones, en cambio, debían sobrevivir al poder institucional.
En aquella intervención, además, defendió una idea de gobierno que colocaba al trabajo y al mercado interno en el centro de la recuperación económica. Recordó la salida de la crisis, habló de la reducción de la pobreza y la indigencia, del aumento de los salarios y de la recuperación de la actividad productiva. Y rechazó explícitamente la idea de que para crecer hubiera que “enfriar” el consumo interno.
Su planteo era frontal: la Argentina debía exportar más, pero también debía conseguir que cada vez más argentinos pudieran trabajar, consumir y vivir con dignidad. No concebía la exportación y el mercado interno como enemigos inevitables. Por el contrario, los ubicaba dentro de un mismo proyecto económico.
Allí aparece una de las definiciones más contundentes del discurso: la discusión no era solamente cuánto podía crecer la economía, sino quiénes se apropiaban de los frutos de ese crecimiento.
Kirchner recordó que la participación de los trabajadores en el ingreso había comenzado, según sus palabras, en torno al 34 por ciento y había alcanzado el 41 por ciento. Su objetivo declarado era avanzar hacia una distribución que consideraba justa entre empresarios y trabajadores.
No era una cuestión secundaria. Para el entonces presidente, el crecimiento económico carecía de sentido político si no se traducía en mejores condiciones de vida. Una economía que crece pero no distribuye podía mostrar buenos números y, al mismo tiempo, producir una sociedad profundamente injusta.
La misma lógica aparece cuando reivindica las políticas jubilatorias. Kirchner destacó los aumentos de los haberes mínimos y la incorporación al sistema previsional de más de un millón de personas que, según describió, habían quedado “abandonadas por las privatizaciones” de la década del 90.
También defendió la posibilidad de elegir entre el sistema previsional estatal y el privado, bajo una concepción que vinculaba la libertad individual con la existencia de alternativas concretas. En su mirada, el Estado no debía limitarse a observar el funcionamiento del mercado: tenía que garantizar derechos.
Y allí aparece otra palabra que atraviesa todo el discurso: soberanía.
Kirchner reivindicó la renegociación de la deuda externa y recordó su enfrentamiento con el Fondo Monetario Internacional. Lo hizo desde una perspectiva política antes que meramente financiera. Para él, pagar la deuda no podía significar condenar nuevamente al país a una situación de subordinación.
“Chau, Fondo”, resumió al recordar la cancelación de la deuda con el organismo.
Más allá de las discusiones que puedan plantearse sobre los resultados posteriores de aquellas decisiones, la definición política es inequívoca: Kirchner concebía la soberanía económica como una condición necesaria para recuperar capacidad de decisión.
La misma mirada trasladó al escenario internacional. En su discurso rechazó las llamadas “relaciones carnales” y reivindicó la pertenencia latinoamericana de la Argentina. Citó a San Martín, Bolívar, Artigas y O’Higgins como referencias de una unidad continental que consideraba estratégica.
No proponía aislamiento. Todo lo contrario. Hablaba de negociar con Estados Unidos, con Europa y con los distintos bloques internacionales. Pero pretendía hacerlo desde una posición que definía como digna. La diferencia era sustancial: no rechazaba las relaciones internacionales; rechazaba la subordinación.
También resulta significativa su defensa de la industria y de la inversión energética. Kirchner reconocía las tensiones que podía generar una economía que crecía con fuerza y utilizaba una expresión particularmente reveladora: esas tensiones eran también consecuencia del empleo, del trabajo, de la inclusión y de la expansión productiva.
En lugar de presentar el crecimiento como un problema que debía ser frenado, lo presentaba como un desafío que debía ser acompañado con inversión.
La Argentina que describía Kirchner no era, por lo tanto, una Argentina concebida exclusivamente desde las variables macroeconómicas. Era una Argentina donde el crecimiento debía generar empleo; donde el salario debía recuperar capacidad de compra; donde la jubilación debía ser un derecho; donde la vivienda debía devolver dignidad; donde la infraestructura debía llegar a los territorios postergados y donde la política energética debía sostener la expansión industrial.
Pero quizás el aspecto más interesante del discurso sea que Kirchner no hablaba solamente de economía. Hablaba también de política.
Anunciaba su intención de impulsar una “gran reorganización democrática” del Movimiento Nacional y Popular, identificándolo con el Partido Justicialista. Reivindicaba la necesidad de elecciones internas y sostenía que aquellos que discutían su liderazgo debían tener la posibilidad de expresarse en las urnas.
“Será el pueblo quien defina con claridad ese rumbo”, afirmaba.
Esa concepción resulta particularmente significativa porque Kirchner entendía que la construcción política no podía agotarse en una candidatura presidencial. Hablaba de reorganización, de participación, de militancia y de construcción de una herramienta política capaz de expresar un proyecto nacional y popular.
Y también reivindicaba algo que suele perderse cuando los discursos políticos son reducidos a consignas: la autocrítica.
Al final de su intervención sostuvo que ese proyecto debía desarrollarse “con fuerza, con capacidad de autocrítica y con un sentido de hermandad con todos los argentinos”.
No se trataba, entonces, solamente de ganar una elección. Se trataba de disputar el sentido de qué país debía construirse.
Por eso el cierre del discurso adquiere una fuerza particular. Kirchner habló de sueños, ilusiones, vida, coraje y decisión. Habló de honrar la historia y de construir una Argentina que pudiera ser recordada con orgullo por las generaciones siguientes.
Puede discutirse cada dato, cada decisión económica, cada resultado de aquella administración y cada una de sus consecuencias. También corresponde hacerlo. La memoria política no debería funcionar como una estampita ni como una condena automática.
Pero hay algo que difícilmente pueda negarse al leer aquellas palabras: Kirchner tenía una idea explícita de país y no ocultaba desde qué intereses pretendía construirla.
Trabajo antes que resignación. Consumo interno antes que ajuste como respuesta automática. Distribución del ingreso antes que crecimiento entendido como un fin en sí mismo. Soberanía antes que subordinación. Integración latinoamericana antes que alineamiento automático. Estado como herramienta de inclusión antes que espectador de las desigualdades.
Y, sobre todo, una concepción de la política entendida como compromiso y no simplemente como administración.
Quizás por eso, casi dos décadas después, aquel discurso pueda volver a leerse no solamente para recordar a un presidente, sino para recuperar una pregunta que sigue abierta: ¿qué modelo de país se quiere construir y para quién?
Porque, en definitiva, ese era el núcleo de aquellas palabras de Kirchner. La discusión nunca fue solamente sobre quién ocupaba el sillón presidencial. La discusión era —y continúa siendo— qué se hace con el poder cuando se llega a él y a quién se decide beneficiar cuando llega el momento de elegir.
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