DESGASTE POLÍTICO

Lágrimas de libertarios, el peor momento del gobierno

El Gobierno de Javier Milei atraviesa una etapa de creciente desgaste y las señales más incómodas comienzan a aparecer precisamente en sectores que fueron decisivos para su llegada al poder, especialmente entre los jóvenes y dentro de la comunidad política y digital que convirtió al libertario en un fenómeno electoral.

Lágrimas de libertarios, el peor momento del gobierno

Walter Onorato // Domingo 23 de agosto de 2026 | 10:44

El respaldo juvenil a Milei cae mientras crece el desgaste dentro de su base electoral.

 

 

La caída del respaldo juvenil, el repliegue presidencial durante nueve días en Olivos, la creciente agresividad del discurso oficial, la polémica aparición en la Bolsa de Comercio de Rosario y la detención en Bolivia de Fernando Cerimedo, una figura estrechamente vinculada al armado comunicacional de La Libertad Avanza, componen un escenario en el que la épica libertaria empieza a enfrentarse con su principal adversario: el desencanto.

 

Durante la campaña electoral de 2023, Javier Milei consiguió transformar una combinación de bronca social, frustración económica y rechazo a la política tradicional en una identidad política capaz de llevarlo desde los estudios de televisión hasta la Presidencia de la Nación. El economista que gritaba contra la "casta", prometía dinamitar el sistema y convirtió la motosierra en símbolo de ruptura consiguió algo que durante mucho tiempo había parecido improbable: una parte importante de los jóvenes comenzó a identificarse con él no solamente como candidato, sino como representante de una nueva forma de entender la política.

 

El fenómeno libertario se construyó alrededor de una fuerte identificación emocional. La palabra "libertad", la confrontación permanente con los dirigentes tradicionales, el protagonismo de las redes sociales y una militancia digital extraordinariamente activa permitieron que Milei apareciera como un dirigente distinto del resto, alguien que no necesitaba respetar los códigos de la política tradicional porque precisamente había llegado para destruirlos.

 

Aquella característica fue una de las principales fortalezas del candidato. Pero, con el paso del tiempo, también puede convertirse en una de las principales debilidades del Presidente.

 

Porque el outsider dejó de estar afuera. El dirigente que denunciaba al poder pasó a ejercerlo. El candidato que responsabilizaba a los gobiernos anteriores por todos los problemas de la Argentina comenzó a tener que responder por los resultados de sus propias decisiones. Y el hombre que había construido su liderazgo sobre la promesa de un futuro radicalmente diferente comenzó a enfrentarse con una realidad que no puede ser modificada mediante consignas, publicaciones en redes sociales o discursos encendidos.

 

El problema del Gobierno, entonces, ya no parece limitarse a una discusión económica o electoral. Lo que empieza a ponerse en cuestión es algo más profundo: la capacidad de Milei para conservar el vínculo emocional que construyó con una parte de la sociedad y, particularmente, con los jóvenes que fueron protagonistas de su ascenso.

 


El dato que enciende las alarmas

 

Una medición reciente de Zuban Córdoba ofrece uno de los indicadores más incómodos para el oficialismo. Según ese relevamiento, el respaldo a Milei entre los jóvenes cayó al 38%, después de haber alcanzado niveles de entre 48% y 50%. El deterioro se observa con particular intensidad entre los varones jóvenes mayores de 25 años, mientras que entre los menores de 25 años todavía persiste un nivel de apoyo, aunque también en descenso.

 

El número adquiere relevancia por el lugar que ocuparon los jóvenes en la construcción del fenómeno libertario. No fueron simplemente un segmento electoral más. Fueron parte de la militancia que convirtió las redes sociales en una verdadera usina política, difundió las consignas de Milei, enfrentó a sus adversarios y ayudó a instalar la idea de que el libertarismo representaba una ruptura generacional.

 

Por eso, una caída de más de diez puntos en ese universo no debería ser leída únicamente como una variación estadística. Puede representar el comienzo de un cambio en la relación entre el Presidente y una generación que alguna vez encontró en él una forma de expresar su propia frustración con la política.

 

El dato aparece, además, acompañado por explicaciones vinculadas con problemas concretos de la vida cotidiana: las dificultades para acceder al mercado laboral, la imposibilidad de independizarse y alquilar aun teniendo un empleo formal, la dependencia del hogar familiar y el endeudamiento.

 

Y allí aparece una contradicción central para el discurso libertario. Milei construyó buena parte de su atractivo entre los jóvenes hablando de libertad y futuro. Pero la libertad, para una generación que no consigue independizarse, no puede ser solamente una consigna económica. También significa poder trabajar, estudiar, alquilar, formar un hogar y construir un proyecto de vida.

 

Cuando esas expectativas comienzan a chocar con la realidad, la épica empieza a perder capacidad de seducción.

 

 

Cuando el héroe se convierte en gobierno

 

Milei llegó a la Presidencia como el hombre que prometía cambiarlo todo. Esa promesa explica, en parte, la extraordinaria tolerancia que durante mucho tiempo mostró una parte de su electorado frente a las medidas de ajuste y a las dificultades económicas.

 

El argumento era sencillo: primero había que atravesar el sacrificio y después llegaría el crecimiento.

 

Pero gobernar implica transformar las promesas en resultados y, a medida que pasa el tiempo, el votante comienza a comparar aquello que esperaba con aquello que efectivamente experimenta.

 

El candidato podía señalar a "la casta" y responsabilizarla por la decadencia argentina. El Presidente tiene que explicar qué ocurre bajo su administración.

 

El candidato podía presentarse como víctima del sistema. El Presidente es parte del sistema institucional que gobierna el país.

 

El candidato podía prometer una revolución. El Presidente tiene que administrar salarios, empleo, crédito, jubilaciones, consumo, infraestructura, educación y salud.

 

La diferencia es decisiva.

 

Mientras Milei fue una novedad, su estilo confrontativo podía ser interpretado como rebeldía. Pero cuando la novedad desaparece, el mismo comportamiento puede comenzar a ser interpretado como incapacidad para gobernar el conflicto y responder a las críticas.

 

Ese es el momento en el que la política deja de ser una cuestión de identidad y comienza a convertirse en una evaluación de resultados.

 

Los nueve días de Olivos

 

En este contexto aparece otro episodio que, observado aisladamente, podría ser apenas una curiosidad de la agenda presidencial, pero que adquiere otra dimensión cuando se lo coloca dentro del escenario de desgaste.

 

Milei permaneció durante nueve días en la Quinta de Olivos, con una actividad pública muy reducida, sin entrevistas y sin actos oficiales difundidos. Según la información publicada en esos días, mantuvo audiencias privadas y llamados con funcionarios, mientras desde el Gobierno se buscó transmitir que el Presidente estaba concentrado en el trabajo y en el programa económico.

 

No existen elementos suficientes para afirmar que durante ese período Milei no haya trabajado. De hecho, distintas versiones señalaron reuniones privadas y preparación de discursos. Lo que sí puede afirmarse es que durante nueve días la sociedad tuvo una información considerablemente menor que la habitual sobre la actividad presidencial.

 

El dato llamó particularmente la atención porque Milei había construido su liderazgo sobre una presencia pública prácticamente permanente. Su voz aparecía todos los días en las redes, en entrevistas, en actos o a través de sus funcionarios. La política libertaria se había acostumbrado a la hiperactividad comunicacional del Presidente.

 

Esta vez ocurrió lo contrario.

 

Durante nueve días, silencio público.

 

Y cuando Milei finalmente regresó a escena, lo hizo con una agenda particularmente intensa.

 

La reaparición incluyó el acto por San Martín, el Council of the Americas y, posteriormente, la participación en la Bolsa de Comercio de Rosario.

 

El contraste fue evidente: de la ausencia pública a la sobreexposición.

 

Pero la vuelta no logró despejar las dudas que había generado el repliegue.

 

Rosario: el Presidente vuelve a hablar, pero el problema sigue siendo el mismo

 

La aparición de Milei en la Bolsa de Comercio de Rosario terminó convirtiéndose en una de las imágenes más representativas de esta nueva etapa.

 

El Presidente comenzó su exposición confundiendo la Bolsa de Comercio de Rosario con la de Buenos Aires y tuvo que detenerse inmediatamente para corregirse. "Perdón, de Rosario", dijo antes de reiniciar el discurso. El episodio quedó registrado incluso en la transcripción oficial de la Presidencia.

 

Un furcio no demuestra un problema de salud ni permite extraer conclusiones sobre las capacidades de una persona. Sería absurdo convertir una equivocación verbal en un diagnóstico.

 

Pero el contexto sí importa.

 

Milei había llegado a Rosario para hablar ante empresarios sobre riesgo país, ciclo económico, crédito y morosidad. Su exposición duró más de una hora y estuvo acompañada por una fuerte defensa de su programa económico. Sin embargo, buena parte de la intervención estuvo atravesada nuevamente por ataques a periodistas, economistas y opositores.

 

La propia transcripción oficial muestra al Presidente calificando de "corruptos", "periodistas mentirosos y ensobrados" a sus adversarios y reivindicando el cumplimiento de sus promesas económicas.

 

La cuestión no consiste en negar que Milei tenga derecho a defender su gestión o cuestionar las interpretaciones de los medios de comunicación. El problema aparece cuando la discusión sobre una política pública termina desplazada por la descalificación personal de quienes la cuestionan.

 

Una política económica se discute con datos, resultados y argumentos.

 

Un argumento no se vuelve correcto porque su autor insulte a quien piensa distinto.

 

Y allí aparece uno de los principales interrogantes sobre el momento político del Presidente: ¿la confrontación continúa siendo una herramienta para sostener su liderazgo o comienza a ser una señal de agotamiento de ese liderazgo?

 

 

El Presidente frente a la crítica

 

La escena se repitió inmediatamente después de Rosario, cuando Milei volvió a atacar públicamente al periodista Marcelo Bonelli. El Presidente lo calificó con un insulto de extrema dureza a raíz de una publicación periodística, en un episodio que volvió a generar cuestionamientos sobre la forma en que el mandatario responde a las críticas.

 

La reacción de Bonelli fue pedirle al Presidente que cuidara su vocabulario y recordarle que la institución presidencial está por encima de los individuos. También reclamó que el Gobierno se ocupara de problemas como el endeudamiento, los salarios y el empleo.

 

El episodio es significativo porque vuelve a mostrar una dinámica que se repite: frente a una crítica, el Gobierno responde muchas veces trasladando la discusión desde el contenido de la crítica hacia la descalificación de quien la formula.

 

Durante la campaña, esa estrategia podía resultar efectiva. Un candidato antisistema necesitaba enemigos.

 

El problema es que un Presidente necesita administrar conflictos, incluso aquellos que le resultan incómodos.

 

Y cuando todo aquel que cuestiona al Gobierno es convertido en enemigo, la capacidad de diálogo se reduce y la política termina transformándose en una sucesión interminable de enfrentamientos.

 

Nelson Castro y una advertencia que vuelve a poner el foco sobre el Presidente

 

Es precisamente en este punto donde adquieren relevancia las declaraciones recientes del periodista y médico Nelson Castro.

 

Después de las últimas apariciones públicas de Milei, Castro sostuvo en Radio Rivadavia que el Presidente tiene, según su apreciación, un "problema psiquiátrico" y vinculó su análisis con aspectos como el aislamiento, la explosividad y la forma en que Milei responde frente a las críticas. También habló de un componente relacionado con el denominado síndrome de Hubris.

 

Castro sostuvo además que, frente a la crítica o la adversidad, Milei suele responder mediante la descalificación y el insulto, y relacionó esa conducta con lo que describió como un problema psicológico de inseguridad.

 

Aquí resulta indispensable mantener un criterio periodístico riguroso.

 

Las declaraciones de Nelson Castro no constituyen por sí mismas un diagnóstico clínico del Presidente. No corresponde afirmar que Milei padece una enfermedad determinada ni convertir las observaciones de un periodista y médico en una historia clínica.

 

Pero tampoco corresponde ignorar que un profesional de la medicina decidió instalar públicamente una preocupación sobre el comportamiento presidencial, particularmente después de una serie de episodios en los que la agresividad verbal y la respuesta frente a las críticas ocuparon un lugar central.

 

La cuestión relevante, entonces, no debería ser intentar diagnosticar a Milei desde los medios.

 

La pregunta políticamente importante es otra: ¿qué impacto tiene sobre el ejercicio del poder un estilo presidencial basado de manera creciente en la confrontación, la descalificación y el enfrentamiento con quienes cuestionan al Gobierno?

 

Y esa pregunta puede responderse sin necesidad de ninguna evaluación médica.

 

Se responde observando la política.

 

Cerimedo: un golpe en el corazón del dispositivo libertario

 

A este cuadro se suma un episodio particularmente sensible para la militancia y la conducción libertaria: la detención de Fernando Cerimedo en Bolivia.

 

Cerimedo fue una figura relevante en la construcción política y comunicacional que acompañó el ascenso de Milei. Vinculado a la estrategia digital de La Libertad Avanza y fundador de La Derecha Diario, su nombre quedó asociado al ecosistema de comunicación que ayudó a convertir la candidatura libertaria en un fenómeno político de alcance nacional.

 

Su detención en Bolivia, por lo tanto, tiene una dimensión que excede su situación personal.

 

La Justicia boliviana dispuso 180 días de prisión preventiva para Cerimedo en el marco de una investigación por presunta tentativa de feminicidio contra su expareja, Nadia Beller. La decisión fue adoptada luego de una audiencia cautelar en la que se analizaron los riesgos procesales y los elementos presentados por la Fiscalía. Cerimedo enfrenta la investigación y su situación deberá resolverse en el ámbito judicial correspondiente.

 

La gravedad de la acusación obliga, naturalmente, a evitar cualquier condena anticipada. Una imputación no equivale a una sentencia y será la Justicia boliviana la que deberá determinar las responsabilidades correspondientes.

 

Pero desde el punto de vista político, el impacto ya existe.

 

Cerimedo no era un personaje completamente ajeno al universo libertario. Su trayectoria estuvo vinculada a la campaña de Milei y al armado digital que contribuyó a construir la identidad política del espacio. Además, fue señalado como fundador de La Derecha Diario, uno de los medios centrales del ecosistema comunicacional de la derecha argentina.

 

La propia reacción de Milei muestra la necesidad del oficialismo de marcar distancia. El Presidente sostuvo recientemente que Cerimedo "no forma parte del espacio", en una respuesta que buscó delimitar responsabilidades políticas frente al escándalo.

 

Pero la distancia actual no elimina una relación política previa.

 

El problema para el universo libertario es que la detención ocurre justamente cuando el Gobierno necesita recomponer su vínculo con una militancia digital que fue fundamental para su ascenso y cuando aparecen señales de pérdida de entusiasmo entre los jóvenes.

 

El golpe es, por lo tanto, también simbólico.

 

La estructura que durante años presentó a sus operadores digitales como protagonistas de una nueva manera de hacer política se encuentra ahora obligada a tomar distancia de una de sus figuras conocidas mientras enfrenta una investigación penal de extrema gravedad.

 

No corresponde atribuirle al Gobierno responsabilidad penal por la situación de Cerimedo. Tampoco utilizar su caso como prueba de una conducta generalizada dentro del espacio libertario.

 

Pero sí resulta legítimo preguntarse qué ocurre con el dispositivo político y comunicacional que acompañó a Milei cuando algunas de sus figuras más visibles comienzan a quedar envueltas en conflictos que el propio oficialismo debe esforzarse por separar de su identidad.

 

La militancia que ya no funciona como antes

 

La importancia de Cerimedo se entiende mejor cuando se observa el papel que tuvo la militancia digital en la construcción del fenómeno libertario.

 

Milei no llegó al poder solamente mediante una estructura partidaria tradicional. Llegó acompañado por una comunidad política que discutía en redes, producía contenidos, viralizaba consignas, enfrentaba a periodistas y construía una identidad alrededor de la figura del líder.

 

Aquella maquinaria fue fundamental para instalar la idea de que el libertarismo era algo más que una fuerza electoral: era una revolución cultural.

 

Ahora aparecen señales de desgaste.

 

El retroceso entre los jóvenes coincide con una menor capacidad de la militancia digital para sostener el entusiasmo de los primeros tiempos. Y la propia discusión dentro del oficialismo muestra preocupación por la pérdida de apoyo en ese segmento.

 

La diferencia es sustancial.

 

Un gobierno puede sobrevivir a una oposición fuerte.

 

Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir políticamente cuando comienza a perder entusiasmo su propia base.

 

Porque el opositor nunca estuvo convencido.

 

El desencantado sí lo estuvo.

 

El fin de la fascinación

 

La gran fortaleza de Milei fue haber logrado que una parte de la sociedad creyera que él representaba algo completamente distinto de la política tradicional.

 

Ahora esa misma característica comienza a enfrentarse con el paso del tiempo.

 

El candidato ya no es una novedad.

 

El personaje ya no sorprende de la misma manera.

 

La motosierra dejó de ser una provocación electoral y se convirtió en parte de la historia de un gobierno que debe mostrar resultados.

 

Los insultos que alguna vez podían ser interpretados como irreverencia ahora salen de la boca del Presidente de la Nación.

 

Y la diferencia institucional modifica completamente su significado.

 

Cuando un candidato grita contra la política tradicional, puede ser leído como rebeldía.

 

Cuando el Presidente grita contra periodistas, economistas, opositores y críticos, puede ser leído como incapacidad para administrar la crítica.

 

Ese cambio de percepción es decisivo.

 

Porque el fenómeno Milei no dependía exclusivamente de que sus seguidores compartieran sus ideas económicas. Dependía también de que creyeran que él era diferente.

 

Y cuando esa diferencia comienza a perder atractivo, el liderazgo queda obligado a demostrar resultados.

 

Las lágrimas de libertarios

 

De allí surge el sentido del título.

 

Lágrimas de libertarios no pretende burlarse de todos aquellos que votaron a Milei. Sería una simplificación injusta y políticamente inútil.

 

Millones de argentinos lo votaron porque estaban cansados de la inflación, de la pérdida del poder adquisitivo, de la frustración económica y de los gobiernos anteriores. Muchos no votaron solamente a Milei: votaron contra una dirigencia que consideraban agotada.

 

El fenómeno libertario fue posible porque existía un malestar social real.

 

Precisamente por eso, el eventual desencanto de esa base puede ser tan profundo.

 

El ciudadano que nunca creyó en Milei no necesita abandonar ninguna ilusión.

 

El que sí creyó tiene que atravesar un proceso diferente: primero aparece la duda, después la decepción y finalmente la búsqueda de una alternativa.

 

Ese proceso no necesariamente ocurre de un día para otro.

 

Pero cuando comienza, resulta muy difícil detenerlo solamente con propaganda.

 

Porque hay algo que ninguna estrategia digital puede controlar: la experiencia cotidiana.

 

El joven que no consigue trabajo.

 

El trabajador cuyo salario no alcanza.

 

La familia que se endeuda.

 

El ciudadano que no puede in

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