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Después de Maradona

Una despedida más para el último héroe de este lío.

Después de Maradona

Martes 01 de diciembre de 2020 | 17:44

Por Gonzalo Zurano (@zuranog) Recién ahora, que pasaron varios días puedo sentarme a escribir algo sobre Diego. Nunca pensé que la muerte de alguien a quien nunca conocí personalmente pudiera afectarme tanto, como si se hubiese muerto un familiar o un amigo.

Es que de alguna manera Diego fue eso, un amigo y un miembro de la familia de todas aquellas personas que crecimos con él en nuestras vidas, que nos emocionamos con su manera de jugar y de vivir el fútbol, pero sobre todas las cosas, para quienes pudimos ver en Maradona, en su vida y sus acciones fuera de la cancha, la expresión de un pueblo, esa especie de Aleph de toda nuestra historia.

El primer mundial que recuerdo haber visto, teniendo ya alguna idea de qué cosa era el fútbol fue el de Italia 90. Me acuerdo con claridad del partido con Camerún y la sorpresa. Del gol del cani a Brasil, la agonía del alargue y los penales con Italia, pero por sobre todas las cosas, del robo contra Alemania en la final.

Era la primera vez que veía un mundial, entendiendo lo que se jugaba y ahí estaba todo: la épica, la lucha contra las propias limitaciones, la injusticia, el sufrimiento y el llanto, pero también la alegría, incomprensible para ese niño que les preguntaba a los padres para qué íbamos a plaza de mayo si habíamos perdido.

Es qué había visto a Maradona llorar de tristeza y no entendía por qué inmediatamente después de que mi abuelo apagara la tele, mi viejo y mi tío decidían ir a festejar. Cuando llegamos, allí estaba el pueblo en otra actitud maradoniana, revelándose contra la derrota y celebrando la hazaña conseguida.

El amor ya era inquebrantable. Festejamos su regreso para el repechaje (otra vez la épica) y para el mundial 94, lloramos cuando le cortaron las piernas y volví a emocionarme, sentado frente a la tele, con mi abuelo, que también se llamaba Diego, mientras lo veíamos debutar con Newell's.

Pero fue el Diego fuera de la cancha el más admirable de todos los Maradona. Su vida, su historia y su incansable predisposición para acompañar las causas justas, para estar del lado correcto, siempre.

Hubiera sido lo más fácil para él ser amigo de los poderosos, estar del lado de los que ligan, vivir bajo las recomendaciones de los reyes de la moral. Pero no quiso hacerlo, prefirió ser él mismo y se lo cobraron carísimo.

Maradona siempre supo lo que representaba, siempre supo el odio que se ganaba con cada declaración o cada definición política. Pero también sabía quienes lo queríamos cada vez más justamente por eso.

Lo maravilloso que logró Diego es que quienes lo odiaban y lo siguen odiando, lo hicieran por los mismos motivos por los que otros lo amamos y los seguiremos amando.

Porque es un negro villero que pudo llegar a lo más alto, (mientras que los que hablan de meritocracia se sirvieron siempre de las mejores bandejas), porque nunca se vendió al poder, porque defendió las causas de todos lo pueblos del mundo, porque fue siempre coherente con sus orígenes y con su gente, porque nunca quiso ser políticamente correcto y porque se equivocaba como todos nosotros, pero no se esforzaba por maquillar sus pifies, no compraba esas alfombras de casa bien, donde suelen ir a parar los secretos patricios.

Pero quienes lo odiaron tuvieron otro motivo más importante: lo detestaron porque no pudieron soportar que ese pibe de barrio humilde no se cuadrara ante ellos, no agachara la cabeza e hiciera lo que le decían, que no actuara como tantos otros ídolos del deporte que se convierten en la mascota de los sponsors, de los dirigentes, de las federaciones, del poder. Entonces, llenos de odio y también de hipocresía, se dedicaron a juzgar su vida, sus relaciones y hasta sus sentimientos.

Diego era la contestación a todo lo que nos oprime desde hace siglos. No será fácil el después de Maradona. Se acaba de morir el último rey plebeyo, el héroe del subsuelo, el guerrillero implacable, el anti imperialista, el hombre de la ternura y la alegría. Que el legado de Diego se queda en el pueblo que lo quiso, es tan cierto como que con él se murió un pedazo de cada uno de nosotros.

Gracias por todo Diego.

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