arrancó la campaña

Ay, hermana Martha, ay

Leo lo que dijiste de los muchachos y las muchachas de La Cámpora y me avergüenzo de haberte querido tanto, pero tanto, tanto.

Ay, hermana Martha, ay

agenciatimon.com // Miercoles 10 de julio de 2019 | 18:40

(Por Jorge Giles) · Es que además me duele tanto, tanto, Martha.

Fue el nuestro un amor casi religioso.

Es el que tuvimos todos cuando te conocimos peleando contra los poderosos de cabotaje en el calvario trágico de María Soledad, en Catamarca y luego persiguiendo a los miserables de tantos gurises desnutridos y maltratados en Corrientes.

De aquel amor, vos guardarás constancia, seguramente.

Quiero creer que tu memoria te perseguirá con los nombres de Uli, de Rosarito Obregón, de Mabel, de Palito Leiva que te amaba tanto, de la memoria de Monseñor Devoto y de tantos y tantas que te acompañaron y amaron.

Después, solo después vino el desencanto.

Cuando descubrí que en Goya, donde vivías entonces, habitaba un represor reciclado en democracia y acudí a tu encuentro a pedirte ayuda para denunciarlo y me respondiste que no podías hacer nada de nada porque debías proteger a tu familia ligada muy estrechamente a los Díaz Bessone, genocidas entre los genocidas y luego vi tu nombre entre los defensores de otro genocida acusado del tormento y desaparición del compañero de Néstor y Cristina, Carlos Labolita.

Y ahora esto sobre la militancia joven de este tiempo de olvidos.

¿Quién sos verdaderamente Martha Pelloni?

¿De qué estiércol hediondo está cubierto tu hábito de monja superiora?

¿Y de cuanta sangre derramada por la dictadura, tu crucifijo?

¿Y de cuantos niños hambrientos te olvidaste en la provincia más pobre de Argentina cuando en lugar de denunciar a los que gobiernan y gobernaron en Corrientes te venis a acordar de la militancia que con sus aciertos y errores renuncia a los honores, pero no a la lucha?

Juro que esta nota es la última nota que hubiese elegido escribir en lo que me resta de vida. Pero caigo en la cuenta que los enemigos del pueblo cuentan con armas tan sofisticadas para perpetuarse en el poder, que hay que salir a enfrentarlas a como de lugar.

Y vos sos parte de esa sofisticación, Hermana Martha.

Sos la misma falsa ternura de Vidal cuando nos habla.

Sos el mismo cinismo presidencial.

Sos el mismo demonio de la maldita oligarquía.

La boca del hambre de nuestros compatriotas tiene tus colmillos sobre sus gargantas.

A este pueblo lo vencen siempre los Judas y traidores, como enseña la historia. Vos sos apenas una muestra dolorosa y vergonzosa.

Ojalá todos y todas nos demos cuenta antes que sea demasiado tarde.

Hoy que ha muerto la muerte con traje republicano, siento en tus palabras desvergonzadas y en los cientos de compatriotas que duermen y mueren en las calles del hambre, que han vuelto a masacrar a los 39 muertos del 2001 y siento al Pocho Lepratti gritando por los techos “bajen las armas, hijos de puta, que aquí sólo hay pibes comiendo”.

Ojalá nos demos cuenta que esta vez los de tu calaña, vuelven a intentar matarnos la patria y la esperanza aquí en el centro del alma colectiva, que es donde más nos duele.

Mal que te pese, Martha, de este pueblo dependerá que triunfe la verdad sobre tanto engaño y miedo genocida.

Que así sea.

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