GENOCIDA

Etchecolatz, por Timerman

El ex Canciller escribió un breve relato, “un recuerdo personal sobre el Señor de la Vida y de la Muerte” explicó. En un puñado de párrafos pintó de cuerpo entero al genocida que fue beneficiado por la nueva política de Derechos Humanos del macrismo.

Etchecolatz, por Timerman

por Timerman para El Cohete a la Luna // Lunes 08 de enero de 2018 | 09:49

Almorzaba con el periodista, luego secuestrado y desaparecido, Rodolfo Fernandez Pondal en julio de 1977, cuando mi hermano menor entró a decirme que mi padre y ex director del diario La Opinión, Jacobo, había sido secuestrado y desaparecido por segunda vez. Lo curioso es que el nuevo secuestro se había producido del Departamento Central de la Policía Federal, donde había llegado luego de que lo blanquearan del primer secuestro en abril de 1977.

Otra diferencia, no menor, era la angustia de la familia, en especial de mi madre, que temía que se repitieran los tormentos de los cuales fue víctima durante los 40 días en que fue un preso clandestino. Mi madre nunca se recuperó y años después murió de tristeza.

Apenas mi hermano me dio la información fui al Departamento de Policía donde me dijeron que se había presentado un grupo de policías bonaerenses y se lo había llevado sin una orden de traslado. Mi padre había dejado la Biblia que le había regalado el rabino Marshall Meyer con una notita que decía: “Donde vuelvo no necesito una Biblia”.

El coronel Ramón Camps había ordenado que lo volviesen a secuestrar y lo llevasen a sus catacumbas. El encargado del traslado y las torturas fue Miguel Osvaldo Etchecolatz. Amo y señor de la vida y muerte de miles de detenidos desaparecidos.

A los pocos días recibí una llamada de la secretaria de Echecolatz citándome para el viernes siguiente. Nunca sentí tanto miedo. Iba a entrar en la cueva del asesino en una ciudad, La Plata, arrasada por la represión. Le pedí a mi novia que me acompañase. Ella esperó en un bar. Si en dos horas no volvía debía regresar a la Capital y avisarle a mi tío. Ahora que escribo este relato me doy cuenta el peligro que corría una joven de 20 años, en un bar a unas cuadras de las oficinas de Camps y Etchecolatz.

Me hicieron pasar a una oficina en una esquina del patio de la Jefatura de Policía de La Plata. No se escuchaban voces ni entraban o salían personas. De pronto pasó delante mío la persona que comandó el secuestro de mi padre de su hogar. Imposible olvidar su cara. Sin prestar atención a mi presencia abrió la puerta del despacho de Etchecolatz y comenzaron los gritos. Habían matado a alguien sin autorización. Etchecolatz gritaba que él decidía quien vivía y quien moría y que su interlocutor era un pelotudo que no entendía la estrategia diseñada por el coronel Camps.

Ahí fue cuando la secretaria se dio cuenta de mi presencia y me dijo que mejor fuese a esperar al patio.

Ese día me permitieron ver, junto a mi madre, que mi padre estaba vivo. Golpeado y asustado pero vivo. Lo vimos en una comisaría del conurbano donde fue llevado luego de nuestra llegada.

Tiempo después conocimos la razón del segundo secuestro. Etchecolatz y Camps deliraban que un comando estadounidense-israelí había llegado a la Argentina para sacar a mi padre del país. Me pregunto cuánta gente fue asesinada por delirios de esa naturaleza.

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